EL AÑO DE LA MUERTE DE BON SCOTT


En 1980 los Bad Company iban pasados de revoluciones y el “London Calling” de los Clash acaba de pasar la aduana. Aparte de eso seguíamos subiendo a la azotea de Juanma a escuchar los discos que su padre le traía de Londres y a comer pipas de melón mientras el verano subía las faldas de las niñas por encima de las rodillas. Los pájaros se paraban en los cables donde la madre de Juanma tendía la ropa. Nos quedábamos tirados allí, sudando la gota gorda, y yo contaba con los ojos cerrados las pelas que me faltaban para comprarme la guitarra.

Supe que quería ser guitarrista de un grupo de rock cuando a los catorce años escuché al hijoputa de dios saliendo de la yema de los dedos de Ritchie Blackmore. Hendrix llegó luego, y sus riffs. Yo también quería una Fender Stratocaster, pero… Hasta entonces no tenía muy claro lo que quería hacer con mi vida: estaba lo de ser bombero, y actor porno, pero sólo eran ecuaciones para tenerme entretenido. Después de “Electric Ladyland” y “Machine head” sólo se podía desear una cosa y yo estaba en ello.

El mejor momento era cuando la madre de Juanma subía a colgar la ropa. Yo me la quería follar. ¿Y quién no? Creo que hasta Juanma se la quería follar. Nosotros estábamos allí arriba, decidiendo cómo se iba a llamar nuestra banda o si era realmente necesario un teclista, cuando asomaba aquella bicha veraniega moviéndose dentro de aquel vestidito como si el mundo se le fuera a quedar pequeño. El agua de la colada le escurría por los brazos, le mojaba el escote, tío. Se ponía ahí, mordiendo un par de pinzas y enseñando sobaco. Chico, era realmente un acontecimiento, la madre de Juanma. Siempre estaba de buen rollo, a veces se quedaba a hablar. “Qué, Tino ¿te has comprado ya la guitarra?”. Ella siempre me llamaba “Tino”, como un colega más. “Estoy en ello, señora”. “¡Pero no me llames, señora, que me hace muy vieja!”. ¡Cómo se reía! Echaba la cabeza para atrás: aquella garganta blanca… Se quedaba ahí, toda ella. “¿Tenéis calor, niños?” Estábamos ardiendo, tío. Ella nos escurría la ropa encima. El agua estaba fría. “Córtate, mamá”, decía Juanma. Juanma no era estúpido. Juanma sabía lo que pasaba. Su madre era profesora de arte en la universidad: por eso estaba tan buena. Por eso me gustaba tanto. “Me llamo Chelo, que no se te olvide”.

Yo tenía un sueño, tocar la guitarra, pero mi padre tenía otro para mí: una vacante en su pequeña empresa de prospecciones acuíferas. El instituto había quedado atrás. De la panda sólo Juanma se iba a la universidad. Iba a estudiar para ser como su viejo. Se largaría y se llevaría su colección de discos con él. Los Who, Cream, Zeppelin… todos esos tíos. Iba a ser como quedarse huérfano de padre y madre. Sobretodo de madre. Yo me hice El Mejor Amigo de Juanma sólo por su madre, quiero decir, Chelo. Te la podías quedar mirando y no desear hacer nada más en la vida. Es increíble con qué poco se conforma uno a los diecisiete.

El verano se iba, y con él lo bueno. “A partir del lunes, a pringar, como tu viejo”, me dijo papá. Se me cortó la digestión. Una extraña luz me golpeó los ojos desde dentro. Creo que eran como recuerdos infantiles que ya no te van a hacer falta. Entre hoy y el lunes sólo quedaba un fin de semana.

No sé lo que me pasó por la cabeza, pero cogí todos mis ahorros (¡Adiós a la guitarra!) y los cambié por un vestido. Me sentí como Hendrix, quemando su guitarra en Woodstock. Fue muy raro. Por el camino hasta la casa de Juanma no hice otra cosa que pensar en aquella canción de Neil Young, “Out on the weekend”. Sabía que Juanma no estaría. Esperaba encontrar a su madre y ya veríamos. Abrió el padre, el marido de Chelo, el señor letrado. Él sí me llamaba por mi nombre. ¿Quería yo algo? ¿Estaba Juanma? No. ¿Estaba Chelo? No. Tío, me fui de allí. Dos noes entierran a cualquiera.

Le di el vestido a la primera tía que me encontré por la calle. Era mona, con hoyuelos a los lados de la cara, pero tendría que parir a otro Juanma para ganarse de verdad aquel vestido.

Acabé en el bar, tratando de desatar aquel nudo, y la cerveza ayudaba, pero no lo suficientemente rápido. Oí que decían mi nombre. Me volví. Era uno de la panda. Entraba en el bareto y se vino para mí. Traía una revista y la agitaba ante mi cara como un náufrago que no tiene nada mejor con qué hacer señales al avión que sobrevuela su isla.

-¿Tío, te has enterado? ¡Qué putada! Ahogado con su propio vómito.

-¿De qué estás hablando?

-Bon Scott, ha muerto.

 

 

FUNERAL VIKINGO

En el año 1969 no estábamos allí. No éramos nosotros. Digo que salía demasiado humo de todas partes, como si algo o alguien se estuviese quemando. Pero las esquelas sólo anunciaban los óbitos de los grandes de España venidos a menos, y los alevines que medraron y llegaron a ser peces gordos. Bien, cuando dejamos de comernos los unos a los otros continuó ese apetito que se prolonga durante las horas de sueño. Y no hacíamos gran cosa por remediar el horror vacui de un sistema digestivo al que se le enredaban los pies en sus propias vísceras, salvo esperar a que el viento cambiara y se llevase aquel tufo a conformismo que se te pegaba a la piel del alma como un pecado. Mirábamos al cielo, que no estaba prohibido si uno de los ojos no lo despegabas de la tierra.

La tierra. Después de tanto pellejo mudado de ombligo, de tanta mala ostia, no te quedaban fuerzas para sembrar. La lluvia era agria, incluso si te sorprendía besando a la más guapa del baile. Pero era preferible eso: la lluvia mezclada con ginebra ahogaba la rabia que nos consumía y la preparaba para el gran incendio. Los adolescentes de cincuenta años ardíamos en alta mar, como un funeral vikingo. Pero en nuestra Valhala no había valkirias de níveos muslos esperándonos con sus dones para celebrar nuestra caída. Con un poco de suerte una madre con rulos y la misma cara de decepción que la vez que le dijimos que estábamos hechos para las cenizas. En 1969 la única posibilidad para dejar escapar el hueso era rociarte de gasolina y hacerte amigo de un niño al que le gustase jugar con cerillas.

Se abría la veda de los sueños pero en ese coto sólo entraban los que dormían con almohadas blancas. Los demás éramos furtivos que robábamos las noches que los murciélagos nos dejaban. Había centinelas que dormían con el dedo en el gatillo. Sólo pasabas si ibas de parte del hijo de o con cédula episcopal. Algunos intentamos entrar por las ventanas, pero había burócratas adiestrados para ladrar. Tenías que conformarte con las sobras, e ir a soñarlas a las barracas, a las tapias del cementerio, a las afueras de toda dignidad humana. Pero lo bueno de lo malo es que por muy vacío que se tuviese el bolsillo siempre quedaba esa palabrota para cagarse en dios, que de algún modo era el único culpable de nuestra envidia y el primer ausente en las desgracias. Algunos se conformaban con quemar pasquines, y nosotros con verlos arder. Pero un día no fue suficiente con enarbolar las antorchas y las hoces y planear una siega de gordos, grasientos cuellos blancos. Un día decidimos los fénix, cuyas alas no creían en el cielo, que ya era hora de elevarse del cisco ígneo en que se maceraban nuestras plumas. Y lo hicimos. Estábamos en cualquier parte, encendiendo regueros de pólvora que hacían saltar por los aires estómagos agradecidos y racimos de benitos pérez galdoses manchados de hollín verde de haber estado metiendo la jeta en las chimeneas donde se asaba el becerro de oro de la Banca. La ciudad ardía, nosotros ardíamos, el cielo era puro fuego alimentado por la ira de sus reos. Detrás de las puertas aún cerradas y marcadas con una cruz de cal se empezaba a oír el martillo del herrero: el sonido de los grilletes que caían y el sonido de las espadas al ser forjadas. Nuestros corazones también estaban al rojo blanco, y los golpes que continuaron cayendo sobre ellos sólo los hicieron más duros, hasta acabar dándoles la forma de la libertad.

Había ceniza mojada por todas partes y un pueblo con vocación de jardinero. La gente volvía al hogar con olor a chamusquina, pero ebrios por la llama azul que les había devuelto el lugar y el pronombre personal. Los perros se comían a los héroes, que miraban por encima del hombro los fastos que un día los hicieron inmortales y más tarde huesos anónimos para el silencio.

 

 

 

 

LA ISLA DE SELKIRK

Después de dos años en la isla Selkirk vio la huella de una pisada. Era la impresión del pie de un hombre. Este indicio hizo que mirase en su derredor con cierta aprensión latente pulsándole la tensa cuerda de la sangre. Detrás de la confusión de su pelo había dos ojos escoceses que parecían dispuestos a escuchar por encima de las copas de los árboles. Volvió la atención a la huella. Entre el humus había una porción de suelo despejado. El vapor condensado en una hoja de palma había embarrado esa parte del suelo, donde se había quedado grabado el pie de un desconocido.

Selkirk naufragó en 1704. Aquélla isla redujo considerablemente la proporción de su Escocia natal, aunque podía seguir considerándose insular. De la tempestad sólo recuerda el quejido de la madera: el barco entero crepitaba bajo el empuje de aquella inteligencia destructora. Lo demás era confusión y agua salada entrando en sus pulmones. Despertó en la playa, junto a otros cadáveres. Devolvió un litro de muerte y dio gracias a la santísima providencia. Hacía tan sólo unas horas se dirigía a Lima para ser ahorcado. Ahora era el único superviviente de un barco hundido que la profundidad nunca devolvería a su derrotero. Selkirk también siguió allí varado, como una vaca hundida hasta las paletillas en una fosa séptica. Allí, en su Escocia natal, aquella imagen resultaba siempre familiar. Por lo general se reunían algunos brazos varoniles para, arrastrándola de sogas, sacar a la vaca del hoyo. Pasados los primeros meses supo Selkirk que nadie iba a tirar de él para sacarlo de aquel pozo de mierda.

Después de dos años perseguido por la maldición de la soledad Selkirk encontraba aquella huella, síntoma de la presencia de otro ser humano en la isla. Este pensamiento le hizo presionar con ímpetu un pedazo de palo a su alcance. Era acaso un miedo infantil el que se apoderaba de sus músculos y de su pensamiento. No podía transferirlo al ave o al helecho, no había fisión posible. “Otro hombre”. Mantuvo una actitud vigilante y sorpresiva. La huella estaba bien definida y pertenecía a un pie descalzo. Selkirk pensó: “Si está descalzo, entonces no pertenece a la civilización”. Selkirk pensó: “Entonces debe tratarse de un salvaje”.

El escocés había intentado fabricar una gaita con cañas y las tripas de un roedor gigante que constituía su principal dieta. No lo había logrado del todo. Pero aquello le mantuvo la mente despejada durante un buen puñado de semanas. Consiguió fabricar una red con la que pescaba peces en miniatura y había construido balsas que había vuelto a deshacer por no sabía qué resolución del instinto. Los cadáveres de la tripulación seguían pudriéndose en la playa, ayudados por los insectos y los cangrejos. Selkirk se adentró en la isla y al cabo de medio día constató la intuición. “Es mejor esto que una soga al cuello y una oración por el alma del condenado” se dijo. Al cabo de aquellos dos años, antes de encontrar la huella del pie, Selkirk deseó en cambio el patíbulo antes que el aire esclavo de aquella libertad subtropical.

“Y si es un salvaje, con toda seguridad será antropófago”. El miedo espesó la tranquilidad septentrional de Selkirk, remansándose debajo de las uñas. “Me matará determinado por la brutalidad de su raza y después yo seré su comida”. Selkirk estaba paralizado. Los sonidos de la selva se intensificaron a sus oídos y se le erizó la piel. Estaba aterrado de los pies a la cabeza enfrentado a la inminente ruptura de una soledad que había envenenado su sistema nervioso hasta hacerlo dependiente de ella. Creía asistir al acabamiento de la única y perfecta existencia que el naufragio le había ofrecido. Selkirk buscaba a su alrededor una sombra amenazante, el blanco de unos ojos. Pero al fin se encontró consigo mismo al descubrir que su pie se adaptaba perfectamente a la huella.

 

 

 

EL ÚLTIMO MONO

Olivio no era un mono convencional. Y por eso Olivio fue seleccionado primero y escogido después para la misión. Y lo eligieron para la misión porque era mejor enviar a un chimpancé a la muerte que enviar a un hombre a la muerte. “La vida de un solo hombre es más valiosa que la de todos los monos del planeta.” Este pensamiento estaba muy extendido por el mundo, quedando así demostrada la gran humanidad del hombre para con el hombre.

Olivio, además, era un mono predestinado. Incluso desde antes de nacer, lo que supera toda predestinación. Pues hubo unos señores con batas blancas que cogieron el óvulo de una mona por un lado y el esperma de un macaco por el otro, los metieron juntos en una coctelera y jugaron al tres en raya con los genes del primate. Es por eso que Olivio no es un mono convencional. De ahí que la muerte que han hecho a su medida sea tan experimental como su gestación. Sólo puede tratarse de una muerte útil. De lo contrario nada tendría sentido.

Es notorio que las condiciones de vida de Olivio han sido programadas al dedillo por un doctor que es un hacha en su especialidad. A nadie escapa que esa vida es una preparación para la muerte. Y la sociedad lo agradece.

¿Pero sabéis qué es lo más higiénico? No ya que, como a todo buen condenado a muerte no se le conceda el último deseo, sino que en caso de obtenerlo, Olivio nunca podría desear conocer la selva, trepar a un árbol y hacer las cosas propias de un mono. Es una pena que Olivio no fuera un mono de verdad. O que este mundo sea una mentira. Lo mismo da. El caso es que a Olivio nunca le darán la oportunidad de ser un mono.

Si sus padres, a los que nunca conoció,  ya fueron animales de laboratorio, Olivio no deja de ser un animal laboratorizado. Le enseñaron a comer con cubiertos, a caminar erguido sobre sus extremidades traseras, a vestirse y a atarse los cordones de los zapatos, a defecar y a usar luego un papelito. Hicieron de él un bípedo peludo. Y como pensaron que lo mejor sería llevar un poco más allá su educación, le enseñaron a hablar el lenguaje de los sordomudos. Olivio era como un hombre, pero seguía siendo un homínido, ¿o es al revés? En su sistema de signos no incluyeron la señal para referirse a la libertad.

Olivio ha pasado un tercio de su vida aprendiendo a pilotar un trasbordador espacial en simuladores de vuelo y haciendo tests psicotécnicos para primates, lo que supone cuatro años. Cuatro años de su vida para aprender a morir útilmente. Cuatro años siendo observado, analizado y corregido por sesudos apóstoles de la ciencia. Cuatro años para humanizar al mono y cuatro años para morir y mirar los seis lados de una jaula.

Olivio, seamos correctos, tiene más de esclavo que de mono. Lo que van a enviar allá afuera no es a un astronauta. Lo que van a mandar ahí arriba es a un niño.

En sus simulaciones de vuelo no hubo cielos; hubo bytes. No hubo espacios siderales ni constelaciones, que hubo megas. Así que Olivio ha sido engañado y utilizado por el bien de la humanidad. “Sí, sí, parece humano ¾comentó una vez el Jefe de Departamento Aeroespacial a la prensa¾, pero si lo miran detenidamente a los ojos verán que es una bestia.”

Así que eso es lo que es Olivio, una bestia con modales. Una bestia que tira de la cadena cuando hace sus necesidades y al que se le entornan los ojos cuando escucha a Mozart en el hilo musical de la Base. Una banana cuando interpreta correctamente las coordenadas; un par de voltios si mete la pata. Cuando Olivio logró no equivocarse dieron luz verde al Proyecto.

Lo crearon para él, para el simio. Lo llamaron Proyecto Nuevo Mundo, acto que emulaba el disparo de gracia.

Por aquel entonces había más monos en los laboratorios de la Corporación que en el Amazonas. Al igual que Olivio prepararía con su viaje el viaje de los hombres del mañana, otros monos prepararon el camino de Olivio, útilmente enviados a la muerte. La Corporación sondeaba el cosmos y proyectaba una colonización extraterráquea. Entonces un tipo con poder suficiente como para ponerse el sueldo colocó una equis en un mapa del cielo. Y luego ese tipo dijo: “Vamos a hacerlo”.

Así que un buen día estos señores metieron al mono en un cohete y lo pusieron en órbita. Olivio sólo vomitó un poco. Entró en gravedad 0 y flotó como cuando flotaba en la amniótica de la probeta. El sol apareciendo detrás de la curva terrestre fue para el mono el primer y último amanecer de la Tierra. Luego tomó una decisión por su cuenta y desactivando el control remoto dirigió la nave hacia la nada inmensa y fría, hacia el vacío negro y solo.

La Corporación no entendía qué había fallado. Un maldito mono se había largado con cuatrocientos mil millones de pavos. Rodaron algunas cabezas, pero eso no trajo a Olivio de vuelta.

Un mes después y a varios años luz de distancia, Olivio pilotaba el trasbordador hacia ningún lugar. Cuando tenía hambre comía; cuando tenía sueño, dormía. Se le hacía raro no tener que cumplir un estricto régimen de trabajo, no tener que volver a la jaula. Poco a poco dejó de utilizar los cubiertos y de tirar de la cadena. Un día ya no se puso el traje y acabó colgado de las paredes. Es lo más cerca que nunca estuvo de ser un mono.

Claro, Olivio nunca supo que una guerra nuclear había devastado la Tierra y que ya no quedaba ningún mono con vida.

 

 

 

ADÁN Y NADA

Tendría mucho que decir sobre el proceso creativo pero más sobre su imposibilidad. Hace cinco años habría dejado que me cortasen los pies con una lata oxidada de sardinas antes que negar tres veces su existencia. Pero hace cinco años no atravesaba por el peor bloqueo conocido por el hombre desde que la escritura era sintética. Hace cinco años yo gané el Premio y desde entonces sólo he conseguido dejar escrita una nota de suicidio que guardo por si se presentara la ocasión.

Simplemente se paró la máquina. Era como haberse bebido de una vez toda el agua y estar condenado a vivir el resto de tus días en una sed permanente. Intenté maniobrar hacia el surrealismo, una táctica que siempre ha dado grandes resultados entre las indecisas plumas del parnaso poético. Fue inútil. Estoy vacío. En el fondo de mi ansia creativa sólo quedan los esqueletos de las musas. Es horrible, horrible. Ni una palabra.

“Adán y nada” fue, según Laureano Vallarta, crítico estrella de la revista intelectual “Dos más dos no son cuatro”, un “tirón de orejas a la literatura de bastón y fular”, un “ramalazo de mala leche que pone la llaga en los dedos de los moralistas”, y para no extenderme en demasía, un “impulso dionisiaco a un género que le gusta mirarse el ombligo en el espejo”. Era mi primera novela. Antes había publicado un libro de cuentos en el que todos sus protagonistas se preguntaban en algún momento del relato “¿Por qué tengo la sensación de haber pisado una mierda?”. Algunos malpensantes interpretaron esta pregunta repetida en cada uno de los cuentos de la colección como una insinuación fatalista del mundo del autor, es decir, yo. El libro no se vendió.

Como el antihéroe de mi novela, y aunque sólo las ideas del mismo son autobiográficas, también me llamo Adán, pero al contrario que él no necesito hacer el pino para darme cuenta de que mi nombre al revés se lee “nada”. Nada es lo que he escrito desde entonces y no hay nada que pueda hacer. He ido a psiquiatras, he estado en terapias de grupo, un chino sin ojos me ha clavado agujas de treinta centímetros en el culo, y hasta he rezado. Adán, Adán, Adán.

Cuando la gente me pregunta si estoy escribiendo algo digo que estoy en ello. “Me gusta tomarme mi tiempo, como Landero”, les digo. Me dan ánimos. Palmaditas. Lo que más temo es que me hagan esa pregunta: “¿Y de qué va?”. “Va de un pintor que se queda ciego y se pasa el resto de la vida intentando pintar la oscuridad”. Se van contentos, pensando que me han sacado algo. Pienso que no puedo aunque querría defraudarlos y me voy a casa corriendo, haciendo ejercicios de muñecas. Subo los escalones de tres en tres, me meto en el despacho y me quedo sentado delante del papel intentando describir la oscuridad hasta la hora de la cena.

De vez en cuando le echo un vistazo a la nota de suicidio y me dan ganas de romperla e irme de putas, pero lo único que consigo es cambiar una coma. Cada vez estoy más convencido de que pegarme un tiro (literario, por supuesto) es lo mejor que puedo hacer. Seré un escritor maldito. Soportaré con resignación la etiqueta de bartleby. Será necesario cambiarse el nombre. Me compraré una casa en alguna isla volcánica y criaré avestruces. Preferiría no hacerlo, pero no me queda otra opción. Daré un gran salto y caeré dentro de la nada.

Bien, ahora sé lo doloroso que es no ser: precisamente ahora que me he creado de la nada.

 

 

 

AFUERA

Son las doce de la noche. Hace ahora siete días que los habitantes de la casa no salen afuera. Sólo las ventanas mantienen con el exterior un vínculo directo. Pero la mayor parte del tiempo están cerradas. Todo está en silencio, como si se esperase a alguien que se retrasa. La mujer acuna a la niña en su regazo mientras mira las tablas que tapian la puerta. El gato sigue durmiendo en la silla. Es el único que no tiene miedo.

Queda algo de pan duro, media caja de galletas y un puñado de almendras. El resto se lo han comido. El padre mordisquea una almendra mientras el hombre alto pasea de un lado a otro de la cocina. El hijo y la hermana mayor juegan al hilo en la escalera. Una mujer con ojeras sale del baño. “Se ha terminado el papel”. Los demás la miran como si nunca la hubiesen visto y vuelven a bajar la vista. La mujer se sienta y mira el filamento blanco de la bombilla.

El hombre alto vuelve a probar con el aparato de radio y luego con la televisión. “Nada”, dice. La niña se ha despertado y la madre le acerca un vaso de agua a los labios. El gato estira el lomo, se lame una pata, cae del otro lado y sigue durmiendo. “No se oye nada” dice el padre pegando la oreja a la puerta de la calle: “A lo mejor se han ido”. La mujer de las ojeras niega repetidas veces con la cabeza, descubre un hilo suelto en su vestido y empieza a tirar de él y a enrollarlo en el dedo. “No” dice el hombre alto acudiendo a una de las ventanas. “Eso es lo que quieren que creamos”. Con cuidado aparta la cortina y pega la cara al cristal. Hace visera con una mano y achica los ojos. “¿Ves algo?” le pregunta la madre. “No. está todo muy oscuro”. El hombre alto se aparta de la ventana y se deja caer en el sillón. “No se dejan ver” dijo el padre, “pero están ahí. Huelo a esos asquerosos”. “Papá, ¿crees que se irán pronto?” le preguntó el chico desde la escalera. “Sí, estoy seguro. No pueden tardar”. “No digas sandeces, Mario. Llevas diciendo eso todos estos días. Mira a tus hijos, tienen hambre, y yo, yo…” La mujer se calla y hunde la cabeza en el pecho. La niña comienza a llorar pero a penas se la oye. La mujer de las ojeras ha llegado al final del hilo. La punta de su dedo se está poniendo completamente morada. “Todos tenemos hambre, Elisabeth”.

“Algo habrá que hacer, ¿no?” El que había hablado fue el hombre alto, haciendo añicos dos horas de silencio. Habían pasado mala noche y no se esperaba que el día lo mejorara. Ricardo, el hijo adolescente, llegó sonriente con algo en la mano que agitó por encima de su cabeza. “Mirad lo que he encontrado en mi mochila. Una bolsa de patatas fritas. Está ahí desde la excursión, pero me acabo de acordar ahora”. El padre se encargó de hacer las particiones. Más tarde el hombre alto se quedó a solas con el chico. “Mira, Richi, eso de antes a estado bien, compartir y todo eso… Pero se trata de tu vida. Tú verás lo que haces”. El chico apartó la muñeca de la mano que se la aprisionaba. “Déjame”. Regresó con los demás. Su hermana estaba asomada ahora a la ventana. “No veo nada. Se habrán ido”. Pero sonaba como ¿se habrán ido? El gato se restregó contra la pierna de la chica y empezó a maullar, cada vez con más insistencia. “Muffi tiene hambre, mamá”. No quedaba una sola pizca de pienso para el gato. El hombre alto le hizo una señal con las cejas a su hermano, el padre de los niños. Luego señaló al animal. El padre negó. El hombre alto sonrió. Era una sonrisa cansada, borracha de torpeza.

“¿Por qué están haciendo esto, Mario?” “No lo sé, Elisabeth”. “¿Qué les hemos hecho yo o mis hijos?” La mujer empezó a llorar y su cuñada se acercó a consolarla. “Hay que hacer algo, Carlos” le dijo a su marido, el tío de los niños. Carlos asintió. El padre, el hijo y la hija mayor estaban asomados a la ventana esperando ver algo, cogidos de la mano. La niña pequeña dormía en el sofá con una respiración mínima.

El hombre alto acarició al gatito. Luego lo cogió y se lo llevó a la cocina, cerrando la puerta a sus espaldas.

 

 

 

AMNESIA

Caminaba por la calle sin rumbo fijo. Hacía cábalas sobre su futuro. No es que tuviese una de esas bolas de cristal, pero podía pronosticar aproximaciones sobre lo que sería su vida venidera con un margen de error escaso. Era programador informático y su mente funcionaba a base de impulsos electromagnéticos. La práctica profesional había musculado su habilidad como detector de interfaces. Había archivado cada momento de su vida, cada triunfo y desengaño, los sueños y las pesadillas, las interacciones sociales, las películas que había visto, la comida que lo alimentaba, las mujeres a las que pudo o no querer. Todo había sido analizado y evaluado, corregido, descartado u olvidado, siguiendo el parámetro que mejor convenía a cada momento. Todos estos desvelos hicieron viables aquellas predicciones, que no tenían otro fin que el de cuadrangular el círculo infinito e indefinible de cualquier vida humana o no. Fabio Mussil, que es de quién estamos hablando, se tiraría de los pelos si descubriese que aquel circuito que tan perfectamente había trazado, no previó que le caería una maceta desde un sexto piso cuando caminaba por la calle sin rumbo fijo, cascándole la cabeza.

Cuando al fin lo izaron de aquel pozo de penumbra al que había caído preguntó quién era él: “¿Quién soy yo?”. Los médicos no tardaron en diagnosticarle una amnesia profunda con visos de regresión, lo que en términos amnésicos significaba que estaba jodido hasta la médula.

La memoria RAM de Fabio había sufrido un daño irreparable. El camión de la basura había pasado por su cabeza mientras él estaba en coma y se había llevado todos los recuerdos, hasta los más trascendentales. Podía hablar con corrección: el resto, todo, había desaparecido. Le dijeron que se llamaba Fabio Mussil, dónde vivía y con quién. Ese quién era su chico, Maxi, que se presentó en el hospital con un ataque de histeria. Pero Fabio no recordaba a ningún Maxi, no tenía constancia de que había sido (y por lo tanto era) homosexual, ni que aquellos dos señores mayores que le cogían la mano con miedo a gastársela eran sus padres. Comprobó que no sabía escribir y que su inglés había quedado convertido en una papilla lingüística. Luego lo llevaron ante un ordenador pero la reacción de Fabio no fue la adecuada: no reconocía las letras del teclado, no sabía para qué servía aquel aparato y por supuesto no quería saberlo.

Los primeros meses fueron los más duros. Fabio tuvo a un par de psiquiatras encima todo el tiempo. Había uno que tenía la consulta llena de diplomas, y como ya no le cabían en las paredes recurrió a la originalidad de empapelar el techo con ellos. Fabio se sentaba en aquel diván de cuero oscuro (le gustaba todo lo que fuera oscuro, le recordaba su estancia en el coma, uno de sus primeros recuerdos después de que aquel tiesto le perdonase la vida) y miraba el techo, y veía todos aquellos títulos clavados allí, y ninguno de ellos podía devolverle su vida, la que había perdido detrás de aquella oscuridad.

Fabio no pudo soportarlo. Lo dejó cuando Maxi intentó metérsele (léase sin doble sentido) en la cama. No odiaba a Maxi, sólo era que no lo conocía. Así que decidió empezar. Y empezar quería decir irse a nacer a otro lugar, donde pudiera volver a construir, tenaz y progresivamente, su malogrado porvenir. Y eso hizo. Había empezado a ir a clases y ya había adquirido los conocimientos básicos de cálculo y caligrafía. Vivía solo, sin padres, sin compañeros sentimentales, sin obstáculos impertinentes que saboteasen los pilares que debería empezar a levantar.

Fabio, como hombre nuevo que era, se compró un cuaderno cuadriculado, y en él empezó a planificar científica y rigurosamente los avatares que, la experiencia y la prospección, habrían de conducirlo de nuevo hacía el futuro.

 

 

 

APROPIACIÓN INDEBIDA

Oh Emisores y Receptores todos, Hispanohablantes míos, al final esos podridos indignos se salieron con la suya. La raptaron, sufrió tortura, padeció el escarnio de los ponciopilatescos anglocabrones, y a sus adláteres, la n y o, las drogaron con roNosas palabras de Beda el Venerable traducido por un Sir, para que obnubiladas, no la echasen a faltar hasta la palabra siguiente.

La injuria reclama injuria. Oh sí sí sí. Se la llevaron anglosajonamente, convirtiendo nuestro abecedario en un orfanato de eNes. Pero este crimen no quedará sin castigo. No no no, Hispanoparlantes míos, mis nueras y mis yernos del idioma. Exigimos una satisfacción ante el Tribunal de Justicia de la Letra. No toleraremos este auto de fe. Nos veremos en el O.K. Corral de la UNESCO al amanecer.

Liberadla. No es una súplica, sino una orden de algunos millones de gargantas que desde papá Cervantes hablan como una misma y homogénea garganta. Liberadla o probaréis el sabor de nuestro puNo. Libérenla o de lo contrario haremos con vuestra w lo que habéis hecho con nuestra aNorada eNe: a ver quién es el bonito que se emborracha con iskey y quién pregunta porqué.

Globalizados de la Mundomundial Cosmópolis, devolvednos lo que es nuestro, para que nuestros niNos de hoy puedan ser los hombres del maNana. Con qué derecho, con qué ontología nos priváis de su cariNo, de su sombrerito. Oh viles carroNeros de la palabra escrita.

Habéis, oh oh, habéis amaNado el curso de nuestra lengua, la habéis pervertido con vuestros advenedizos encuentros intervocálicos. Y por eso los Hermanos del EspaNol os escupimos en la ceja.

SeNores y seNoras, lo que habéis hecho tiene nombre, pero por ahora no podemos pronunciarlo. AcuNaremos nuevas y extraNas palabras: hay que seguir hablando, ¡pero a qué precio! El daNo ya está hecho, amiguitos míos, pero las represalias no. Nuevas acepciones, nuevas realidades pestaNearán al recibir la vida, y vendrán a restaNar las heridas de los aNos de infamia. Habrá que inventar las referencias para los significantes recién nacidos. El Presupuesto General del Estado se vendrá abajo cuando hayamos de pagar el exceso de lingüistas e inventores de nuevas realidades, porque como cualquier funcionario, ¡querrán pagas extras! ¡Semanas laborales de treinta y seis horas! ¡Bajas por maternidad! ¡Planes de jubilación! Será la ruina de este país: EspaNa empeNada. Oh Oh hermanos.

Y qué me decís de todas esas teclas, ahora mudas, avergonzadas como muNones tetrapléjicos. Sin yemas dactilares caerán en la espiral del silencio y de la nada.

Ahora menos que siempre hemos de mantenernos unidos en el desempeNo de la higiene idiomática. Se han llevado un pedazo de nuestra religión para emponzoNarla con flemas y puntualidad y coNas marineras. Pues yo os digo, biznietos del que en buena hora ciNó espada, hablad hablad hablad, romped la cucaNa de los libros por venir, sacad la amígdala a Thomas Hardy, maltratad con saNa al ermitaNo huraNo de la montaNa. Oh queridos castellanomanchegos, vivimos días de hölderlines.

Recemos un padrenuestro por los que no están: dos académicos de hipnopédica valía, de un tamaNo intelectual gengiskanesco, uno de ellos mi apreciado cuNado, dos deslenguados de la lengua que le pusieron cuello a la cuerda. ¿No es coincidencia uh uh mis glucosos compatriotas que ambos dos ocupasen el sillón eNe?

El pánico ha cundido desde temprana fecha entre los prosoliristas. Algunos de estos autores, baste citar a Javier Marías, a Juan Manuel de Prada y a los herederos de Moratín, se han visto obligados a rebautizar parte de sus títulos, y así encontramos un “El lunes en la batalla piensa en mi”, “Vaginas” y “El sí de las zagalas”. Por dios, ¿hasta dónde va a llegar esta locura? ¿Era este el armagedon del que hablaba San Juan? ¿Era esa la letra redentora de las letras, la salvadora? Llorad, llorad, hispánicos míos, hasta que las lágrimas no os dejen ver los paNuelos.

¿No fue NúNez del Arce quien dijo una vez al pisar una boNiga rocinante: “¿Nos vamos a quedar con los brazos en jarras mientras en algún diccionario etimológico se ríen de mi?”? Oh Glosas Emilianenses, dichosas vosotras. Oh aviesos mutiladores de nuestro queridísimo y hoy quejumbroso Tesoro de la Lengua. Nuestro empeNo no es una PatraNa de bobos y lo pagaréis con creces.

¡Oh y oh mis hermanos del román paladino! ¿Nos vamos a quedar mirando las musaraNas y comiéndonos las uNas mientras en la sala de los lores se gesta nuestro eNicidio? ¿Dejaremos que con sus hediondas maNas daNen el honroso monumento de nuestra cultura lengüeril? ¿Nos conformaremos con ser las moscas y ellos las araNas? ¿Es así como queréis vivir, cabizbajeando constantemente? ¿O nos comeremos nuestras propias canicas escrotales como los cerdos al ser castrados? (…) No, hermanos; no y siempre no. ¡Por nuestros abuelitos! ¡Por nuestros hijos! ¡Larga muerte al podrido captor!

Hoy, fervorosos practicantes de nuestra ene con sombrerito diacrítico, sabed que se impone una hazaNa. Se debe y se ha de rapapolvear al oneroso speeker y al no menos follonero Movimiento Aldeístico Global: ¡No a la enseNanza de segundas lenguas en nuestros centros educativos!; ¡stop a las películas subtituladas!; ¡por aquí que te vi a la unión de tres o más consonantes en una misma palabra! ¡Eso se acabó!

En pocas palabras: exigimos la pronta liberación de nuestro arrebatado fonemita palatal nasal sonoro o de lo contrario nos responsabilizaremos del Nuevo Orden Alfabético Mundial.

No daremos nuestras letras a torcer, ¡coNo!

 

 

 

Discurso del archidiácono de la lengua por el restablecimiento de las letras perdidas, a tal de tal del 200…

 

* * *

 

Antes de que la eñe fuese devuelta a sus legítimos propietarios una fonetóloga de la lengua en su variante diacrónica, en un controvertido estudio de índole comparativo, aseguró, sin el aporte de pruebas contundentes, la inexistencia de este sonido nasal, llegando a la absurda conclusión de que la ñ, alófono palatal de la alveolar n, sufrió un despiste sordovocálico debido a la perturbación cuerdovocalista de algún juglar influyente de la corte de Recaredo II, a raíz del cual se originó el sonido que hoy conocemos y que según esta fonetóloga nunca debió existir. [Apud Crespillo].

 

 

 

BLANCURA

Sólo era una mujer sola. En teoría, porque siempre le faltaró valor para morder la manzana. Hacía vestiditos para sus muñecas: les ponía esos lacitos; contribuía con cristianas donaciones al fondo local para la recuperación de la zarigüeya de cola moteada; una vez al mes se permitía ir a ver una película “apta” al cine; sabía decirle “no”  al pudin de crema. Y tenía un gato al que había mandado castrar por motivos humanitarios. En resumidas cuentas: era una solterona de lo más de andar por casa.

Un día le salió un pretendiente, Don Abundio Mantecosa, picador de toros. Sobre el percherón Abundio tenía la planta de aquellos conquistadores de aztecas que miraban al oro con disimulo. Cuando echaba el pie a tierra era otra cosa: las cejas le caían sobre los ojos y la panza sustituía a la faja. Miraba bajo por deformación profesional, sin embargo mantenía erguida la napia por puro amor al equilibrio. No era un hombre de razones, más bien la razón viviente de por qué hay hombres de su calaña.

Ella, Margarita de la Ribera, con un virgo que rozaba la santidad, fue a sentirse atraída por el Hombre en la estampa de Mantecosa, que en cosa de dos requiebros y un besamanos la tuvo cuadrá. Luego sólo tuvo el caballero que citarla a los flancos del jamelgo y sangrarla a base de garrocha. La señorita de la Ribera embestía con todo su amor al galán.  Bastó año y medio de matrimonio para que la margarita se quedara sin pétalos, y sólo un toro para que a Mantecosa se le cascara la cadera por tres sitios y lo dieran por inútil. Habían hecho falta cincuenta y cuatro años para que le reconocieran su verdadera vocación: la inutilidad.

“Fue el primero de la tarde. Toreaba Paquito Jimeno. Al morlaco no lo habían corrido como era debido los mayorales, fijo. Fue ver la montura y resabiarse. Lo vi venir. ¡Eran las cinco de la tarde…! Al caballo le hizo un hopo en la barriga y yo casi me quedo en el sitio. ¡Niña, tráete unos anises para estos señores!… ¡A las cinco de la tarde!”

Gustaba el centauro sacar de la caja de zapatos de los recuerdos más de vez que de en cuando sus gestas apolíneas en los cosos para darles lustro con el paño de la sin hueso. En las orejas de los gaznápiros encontraba el auditorio posible a estos retazos autobiográficos. A Margarita la tenía pisoteada, devuelta al prehistoricismo de la chacha, atención que ella agradecía con discreción y obediencia. Él le llenaba la casa de vagos y maleantes, de ex monosabios y de toreritos sin coleta. Y era su dinero con el que su marido el inútil agasajaba a la morralla. Porque, desvelemos el gran secreto de Mantecosa, él se casó con la solterona por el aval.

El moño de Margarita perdió esa solidez austera que le proporcionaba el celibato y no tardó en desteñirse y quedársele flojo. “Niña, unos anises”. “Niña, ¿para cuándo esas chistorras?”. “Niña”, “Niña”, “Niña”. La flor marchita acudía solícita a la voz de su amo y aceptaba sin rechistar los mandamientos del sátrapa. No podía olvidar que ante Dios y ante los hombres Abundio era su esposo, al que había jurado amor y fidelidad. Por eso no entendía Margarita por qué lo aborrecía con toda el alma. Aquel hombre grosero la aniquilaba como mujer y como persona  y no podía soportar que la tocara. Cuando la tocaba, o simplemente si se acercaba a ella, Margarita temblaba.

-Niña, he estado pensando en lo que me dijiste y mira, mejor no… ¿Cómo nos vamos a divorciar tú y yo, con lo que nos queremos?… Además, con la paguilla que me dan, ¿a dónde voy yo? Derechito al nicho… No, no, hasta que la muerte nos separe, Churri. Tú y yo juntitos, como el picaor y el caballo, hasta que la muerte nos separe.

Margarita ya no aguanta esa voz, esa voz. Siguió lavando la ropa. Cómo añoraba su edad florida, cuando todo era sí o no, cuando sus sábanas de raso eran blancas y no tenían aquellas manchas grasientas que no había lejía que les devolviese la blancura.

 

 

 

COLGADO

cuando estás colgado y nada te importa porque nada importa y se te pone un poco dura al pensar en loli en que siempre quería jugar a los médicos como cuando unes agua y yeso o algo así

loli aquella niña rosa como las nubes de algodón de azúcar y de chuchería y un poco polipropileno y me pintaba un bigote con kanfort y yo la invitaba a lacasitos para tenerla contenta pues su boca era como la de las institutrices que besan y luego reprenden

sólo soy consciente de una mínima parte de mi cuerpo la pesada la que no flota y en algún momento acabó la fiesta y la única chica que queda tiene la cara dentro del váter

no sé si enamorarme o vomitar con ella pues a decir verdad tiene un lomo musculoso y unas nalgas biomanán y de mucha ciclostatic pero no es guapa ni fea es una chica y nada en ella me recuerda a loli

loli bebía mirindas

quiere bailar una lenta aún puede sacársele un poco de jugo a la noche a unos labios de carmín corrido y agrios que se agitan junto a mi viejo cuerpo celestial

inicio una caída libre a través de su garganta y sólo cuando me empalmo que sólo besos pues que me lleven los demonios

las mirindas la hacían única

corro fuera de la casa aunque las piernas llenas del wísquido elemento me entorpecen la huída

he perdido un orgasmo una suscripción al paraíso y seguir flotando

me asomo a la noche con una vaga sensación de locura

reptiles se arrastran por las calles con litronas y tajadas y autómatas mean en los quicios de los portales mientras sus ojos se pierden como barcos en el triángulo de las nereidas y no se vuelve a saber de ellos de sus miradas de sus minucias a no ser porque algún día un nigromante encenderá una vela en sus cráneos

un automóvil se la pega y testifico que la conductora hubiese querido desafiar a la materia volviéndose etérea y no haber atravesado el parabrisas con la cabeza y ahora debe estar jugando con delfines muertos y deletreando deletéreo

guardo un silencio que se desintegra en algún lugar donde la oscuridad no es necesaria

el suelo me asusta y quisiera flotar

escapo de loli el primor de su clase de ballet la rompemecorazones siempre queriendo jugar a ginebra y lancelot dulac

pero de qué me sirve ser un hombre récord si no soy más que una hoja de parra cuando se trata de la vergüenza

el tobillo aquel no volvería a soportar el poco peso de su cuerpo y loli no fue loli que fue loli colgada de los lazos de sus zapatillas y el tutú que era rosa como ella

pero está bien sentirse vulnerable y recibir alguna bala por la espalda pues a veces ser humano es complicado cuando se sale de casa y ves que todo cuando te rodea es confusión o matemática o a veces por instinto encuentras un camino en penumbras que tuerce a la izquierda donde los ruidos son susurros y la oscuridad al tacto luz y allí el caos se divide y ninguna ley prohíbe mirar las estrellas

es otra onda

pero allí sólo se llega flo-tan-do

oh dioses

mis malditas alas

de

ce

r

a…

 

 

 

 

COLORES

La noticia saltó por la ventana a las siete y media de la mañana. Y siete días y medio más tarde la destrucción de los colores llegó a su fin. Observé en el espejo mi rostro grisáceo, como si lo hubiesen envuelto en una pátina de acero cansado. Todas las cosas habían cobrado una tonalidad muerta, de daguerrotipo o noche de luna velada por una nube errante. Una semana había bastado para desgastar el espectro cromático y sumir la vida en un deshielo de zonas oscuras y grises. Y como progresiva fue la ausencia de todos los colores del mundo, así fue su melancólica aceptación.

Pero hubo almas puras que no pudieron afrontar el nuevo aspecto de las cosas y murieron de tristeza, con los ojos agotados en un intento tan inútil como desesperado de recobrar la luminosidad apetecible. Otros en cambio conseguimos salir adelante, adaptándonos a la sucia realidad de la vida, a pesar del nuevo arco iris.

Ah, pero nos quedaban los libros, la poesía, donde aún podíamos sentir a través de la alucinación de las palabras el viejo colorido del antes, y recordar los rojos de las puestas de sol, los amarillos ondulantes de los campos de trigo y la celeste estampa de los cielos del verano. No se nos había arrebatado totalmente el principio del color, pues en nuestra memoria yacían las gamas antiguas, los bermellones, los rosas, el glauco, el verdeoliva, el añil. Los despertábamos cuando habíamos de acercarnos a una flor, mirar por la ventana, hacer la compra. Allí estaban, casi enteros. Los cogíamos y los aplicábamos sobre las cosas, cada pestañeo como un brochazo, cada mirada una pincelada, devolviéndole el violáceo a las berenjenas, el naranja al sol de la tarde, el marrón a la tierra y el verde al césped donde jugaban niños que habían nacido después de la desaparición de los colores.

Intentamos inculcar a las nuevas generaciones el sabor de una belleza que nunca podrían comprender, pues sólo conocerían aquel escenario empobrecido, lleno de hollín y grisalla, en el que habían llegado a la vida. Y nos dimos cuenta de la imposibilidad de la empresa, y de lo innecesario, porque aquellos que nacimos en la era del color nos deshacíamos poco a poco como una hoja de periódico en el arroyo, mojando las noticias del día anterior, relegándolas al olvido, y finalmente, al fin, desapareciendo.

Con el tiempo mi carne adquirió la densidad de la pulpa mojada. Ya las jovencitas se apuraban para dejarme su plaza en el bus y empezó a fastidiarme la próstata. Te habías acostumbrado a la cenicienta proclama de la primavera, o al apagado escombro de aquellos otoños primero dorados y luego blancosucios. A tu mente senil acudía con menor premura las nostalgias aquellas con que coloreábamos el mundo como hacíamos de chicos en la escuela pintando láminas con lápices Alpino de colores. Ya a casi nadie le importaba que a su alrededor se acumulasen los tristones pigmentos de los seres y las cosas, se arracimasen unos en otros los ácueos  matices del negro.

De cualquier forma el mundo podía marchar invariablemente hacia delante, a pesar de los colores que los nuevos gobernantes negaron, prohibieron y cubrieron de falacias. Se quemaron en piras públicas todos aquellos libros de la edad multicolor que de alguna manera definían los colores y despertaban en los ilusos erróneas fantasías de mundos inexistentes. Los versos ardieron, dejando en el aire un peso suave, lento, de medidas fragancias. Un fuego de llamas grisáceas, casi negras, mordió en todas las ciudades del mundo la memoria de hombres que habían experimentado placeres tornasolados.

A los viejitos se nos caían los lagrimones, que encontraban en las arrugas de nuestros rostros las acanaladuras temporales que nos devolvían al primer llanto de la historia, a mi primer juguete, un perrito amarillo de peluche que tenía el rabo azul.

 

 

 

EL ESCAPISTA

Alguien ya señaló que el control de la voluntad sobre el instinto es el rasgo diferenciador más importante entre el hombre y la bestia. Gregor Gregori pretendió llevar esta máxima a su máxima expresión intentando el más difícil todavía.

Estamos hablando de alguien que fue un poco más allá que los demás en el arte del escapismo. Estamos hablando de un tipo que usaba los límites de la realidad como goma de mascar. En definitiva, estamos hablando del hombre que quiso escapar del Infierno sin chamuscarse el bigote.

Gregor Gregori había rebatido todas las leyes de la mecánica y la lógica, y no por imposible, de haberlo querido, hubiese escapado de su propio pellejo. Sólo dos objetivos le quedaron por cumplir: sólo dos maneras, acaso las arquetípicas, de elevar el escapismo a rango divino. Y ambas estaban conectadas, como lo pueden estar el día y la noche, las rosas y los poetas.

También Gregor Gregori, como las grandes personalidades de la historia, quiso superarse y demostrarse a sí mismo, luego de demostrarlo al mundo entero, que podía ver más allá de las uñas de sus pies. Y así fue que dio a conocer su próxima tentativa de escape. La opinión pública opinó que el talentoso escapista estaba para que lo metieran en el manicomio. El Gran Gregori se enfrentó a aquella hidra de millones de cabezas con un: “Que me encierren: yo me río de las camisas de fuerza y de los cerrojos”. Y si lo tacharon de “megalómano narcisista” el escapista se miró en las pantallas de televisión de todas las casas para componerse el flequillo.

Finalmente no pudieron hacerlo cambiar de idea, ¡¿quién habría podido convencer a Napoleón que no atacase en Waterloo?! Si hay algo que distingue a los grandes hombres es precisamente su estatura. Y sin más dilaciones Gregor Gregori puso manos a la obra. Un día convocó a la prensa y se pegó un tiro en la cabeza. Todos vieron el rostro serio del médico diciendo “no” con un gesto. La cámara hizo un barrido por el cadáver de Gregor Gregori, encuadró la mancha de sangre y fueron a publicidad. Ahora todos en sus casas se preguntaban, mientras anunciaban una marca de compresas, cómo diablos pensaba Gregor Gregori escapar de aquella mancha de sangre.

Y mientras arriba, en la vida, los servicios médicos trasladaban el cuerpo del escapista al hospital con gran aparato de cámaras y objetivos, abajo, en lo que se viene conociendo como Inframundo (aunque hay quien prefiere llamarlo Infierno) el alma inmortal de Gregor Gregori se las apañaba para escapar al mismo tiempo de la muerte y del Infierno.

Lo primero que sintió Gregori al ventilarse la mollera fue insensibilidad, lo que quería decir que estaba muerto. No está mal, pensó tal vez, con su último pensamiento. Gregor Gregori había tenido una juventud levantisca: precisamente fue en los reformatorios donde dio sus primeros pasos en el mundillo del escapismo. Durante esos años de desorientación se ganó su parte del fuego eterno, pero ahora que acababa de recalar en el Reino de las Sombras de nada iba a servirle un clip metálico debajo de la lengua o dislocarse a placer los hombros. ¿Cómo escapar de un estado mental que mil millones de cerebros durante mil millones de años habían construido con la sola idea de hacerlo indestructible?

Pasaron unas semanas de terribles incertidumbres y los incondicionales del maestro del escape, los menos escépticos, hubieron de llorar al ídolo. Efectivamente, no se ha sabido hasta la fecha que Gregor Gregori haya escapado aún de la muerte, el único infierno constatable.

Arriba, en el mundo de los vivos, o de los menos muertos, el cuerpo del escapista empezó a oler mal. No hubo más remedio que meterlo en una tumba, de donde tampoco pudo escapar su cadáver.

 

 

 

EL AZAR DESCALZO

Si tenemos en cuenta que, etimológicamente, azar venía a ser como llamaban los árabes al lanzamiento desafortunado del dado; digo, si lo tenemos en cuenta, fue el azar quien hundió a Chamiski en la mierda, y no, como se nos quiere hacer creer, una desafortunada jugada del destino. Tantas otras veces había salido de sus manos un coche deportivo o un viaje a Santo Domingo que la ruina total compensaba aquella chorra. Chamiski no debería haber jugado tan fuerte, pero supongo que es de los que piensan que las cosas van y vienen, que el dinero siempre está pasando de unas manos a otras para mantener la temperatura en el centro de la Tierra. Él, por su parte, se había pasado la vida sin blanca y aquellos ojos de serpiente no eran peores que el seis doble que por seis veces le hizo rico la misma noche. Tal vez nadie le dijera a Chamiski que la suerte se acaba. Que los opuestos pierden alguna vez el equilibrio y se caen y se rompen los tobillos. Tal vez Chamiski supiera lo que todos saben, que un dado tiene seis caras en relación consigo mismo; aunque es muy probable que ignorase que en relación con el cubo con el que hace pareja estas se multiplican hasta treinta y seis. Y si algunas sonríen siempre como la máscara de la comedia, hay otras que hacen llorar o saltársele la hiel. Para ser hombre Chamiski era bastante normal. Para ser un hombre que ha perdido todos sus ceros en unas horas habremos de considerarlo excéntrico. Después de perder la camisa y no saber desesperarse Chamiski se fue en busca del viejo tugurio donde esperaba encontrar aún a uno o dos de los camaradas de antes y pedirse fiada una cerveza. Por el camino se desprendió de la corbata, al parecer demasiado cara para un tipo que ha jugado tres veces seguidas un uno y un tres. Le cambió los zapatos a un mendigo y alguien que le preguntó la hora se llevó su reloj. Al poco oyó las voces del mendigo que trataba de alcanzarlo y, si olvidamos por un momento el contexto en que aparece en esta historia, no sabríamos decir por qué estaba tan enfadado. Al oír los gañidos del viejo, Chamiski se detuvo y le preguntó qué pasaba.

-Eh, eh, estos zapatos… estos zapatos me aprietan.

-Bueno, ¿y qué quiere que yo le haga? Hemos hecho un cambio.

-Me has engañado… Devuélveme mis botas.

Chamiski siempre había esquivado los conflictos, incluso aquellos que habían puesto en entredicho su estatus moral. Hay que tener en cuenta que su padre tuvo un alias. Y como enemigo declarado de los problemas no tuvo inconveniente en devolverle las botas a su anterior dueño. Y llevando un centímetro más allá su altruismo dijo:

-Veo, buen hombre, que no tiene calcetines. Si quisiese aceptar los míos…

El tic desapareció del ojo del mendigo, que con todo su botín en los brazos, pensó que existía una ley que impedía a los hombres descalzos correr por la calle. A Chamiski no le preocupó que el viejo vagabundo se llevara sus zapatos. Para apretarle, pensó siguiendo la estela de humillo dejada por su diógenes, corre como el mismo mercurio.

Eran las tantas y precisamente esa circunstancia hizo que nadie se extrañara de ver entrar a Chamiski en el bar descalzo. Si hubiese sido de día quizás el barman hubiese llamado a la policía. Pero eran las muchas de la madrugada y a los cuatro borrachos hasta les resultó divertido. Uno comentó:

-¿De qué mezquita viene este?

Al ver que lo decía por él, Chamiski se miró los pies y movió los dedos.

Chamiski fue a la barra y se pidió una cerveza. Mientras la bebía preguntó al barman si conocía a fulano y a mengano, que solían soplar en aquel bar algunos años atrás. El camarero era nuevo y no sabía de qué le estaba hablando. Chamiski echó un vistazo y comprobó que todo estaba cambiado, que nada era lo que fue. Había pasado el tiempo, eso es lo que había pasado.

Chamiski apuró su cerveza. Bien, no podía pagarse esa cerveza. No importaba. Sacó la mano del bolsillo y dejó caer un par de dados en la barra. El barman se acercó frotando un vaso con un trapo somnoliento.

-Le propongo una apuesta -dijo Chamiski.

 

 

 

EL HOMÍNIDO QUE REINÓ

Mon, tráeme la camisa blanca; esa no, la de chorreras. Mon, súbeme el Marca. Mon, pon a calentar el café; con dos cucharadas, por favor. Mon, enciéndeme el cigarrillo. Mon, hazte un zapping. Mon, cambia la bombilla del pasillo. Mon, la colada. Mon, arráscame los huevos. Y así un día y otro: no había nada que hacer. A Mon, el mono, no le quedaba tiempo ni para hacer esas cosas que todos hemos visto en los documentales de la 2 que hacen los monos. Mon era un mono explotado, una naranja encajada en la exprimidora social, la mano de obra barata que protegía a la reina del capitalismo del ataque de los caballos y las torres rojas. Y la única diferencia entre Mon y Monti, el tipo que lo había adquirido en el mercado negrillo por cuatro perras gordas, era el aire semántico ausente en el simio.

A cambio de sus prestaciones domésticas Mon recibía en recompensa tres plátanos al día. No era mucho, pero algunos de los hermanos de Mon estaban en aquellos momentos siendo inoculados con todo tipo de venenos en las más prestigiosas universidades del mundo. Mon era un mono afortunado. Siempre era mejor haber caído en las manos de un gilipollas que en las de una panda de sádicos.  Monti fardaba de mono a las primeras de cambio, y si tenía invitados no paraba hasta enseñarles la dentadura de Mon levantándole de un pellizco el labio de arriba. Entonces todos le alababan el buen tino que tuvo al comprar al bicho. Pero ahí no quedaba la cosa: Monti les obsequiaba con una demostración del carácter sumiso de Mon y le ordenaba hacer palomitas, descorchar el champán, traerle las zapatillas, preparar daikiris para todo quisqui. La condición lacaya de Mon le impedía rebelarse y obedecía a la voz de su esclavista. “Y lo mejor de todo -decía Monti-, es que no tengo que darle el día libre”, y todos los allí presentes, cuyo servicio doméstico estaba formado por corrientes y molientes seres humanos, le participaban sus envidias y expresaban sus ojalás.

Cuando no estaba pasando la aspiradora estaba decapitando puros para su amo y señor. Cuando no le estaba planchando los calzoncillos estaba cortándole las uñas de los pies con unas tijeritas curvas. Mon había quedado encerrado en una jaula mil veces peor que aquella en la que lo metieron cuando era un monito, en la que pasó tanto tiempo y por poco casi muere: en la de la supresión de su derecho a trepar a los árboles o a hacer el homónimo. Hay que decir que en una ocasión, un día de esos que luego se recuerdan siempre, Mon cayó enfermo y Monti, temiéndose lo peor, mandó llamar al curandero. Este le mandó unas gotas al mono y Mon se recuperó milagrosamente. Fue el típico caso de anemia simiesca, y nada más que hablar. Mon volvió a pasar la aspiradora, a decapitar habanos, a planchar gallumbos y a recortarle las rapacidades a Monti. Este, entre agradecido a dios por haberle devuelto a Mon intacto de las garras de la muerte, y complacido por la pedicura realizada por su paje, pensaba en aumentarle a cuatro la soldada bananesca.

Mon nunca ponía impedimentos. Mon era un Mono de lo más servicial. Cada día que pasaba bajo la tutela de Monti aprendía algo nuevo o perfeccionaba lo que ya sabía. Cualquiera diría que había inteligencia allí, dentro de aquella cabecita peluda. “Sólo le falta hablar”, comentaba con orgullo Monti a sus invitados: “Hasta levanta la tapadera del váter y todo”. Eso decía Monti, que había mandado hacerle a Mon un uniforme. Con el trajecito puesto Mon y Monti apenas si podían distinguirse.

Pero Monti también tenía un trabajo, una seguridad, vamos, y aquella mañana, al llegar a la oficina, su Jefe le encomendó la misión de subirle un café y unos donuts (con azúcar glass por encima) a su despacho, y sin demoras, que el café le gustaba calentito.

 

 

 

EL ZUMBIDO DE UNA MOSCA

A pesar de que las pruebas no fueron concluyentes acabó con sus doscientos huesos en la cárcel. El juez se mostró asertivo en la sala y salomónico en el veredicto. Dudó de la duda razonable y mantuvo un discurso unilateral durante todo el juicio, sin bajarse de la ola que la opinión pública había aventado a raíz del asesinato de los cinco niños. La comunidad exigía una fe que probase su autoridad, su infalible olfato. Roman vivió todo el proceso aprisionado por una atmósfera de ensueño: desde que le detuvieron y notó aquel frío contacto de las esposas hasta que fue declarado culpable y condenado a cumplir treinta años por víctima en una prisión de alta seguridad. Y entonces ese sueño que le había mantenido sedado lo dejó en libertad, pero dentro de una jaula, y comenzó a vivir una pesadilla tan real como la mosca que revoloteaba incesantemente por el aire de su celda.

La diferencia entre aquella mosca y Roman no era precisamente de alas. De algún modo él también podía volar, sentir en su mente mil terminaciones nerviosas conectadas a otros tantos élitros. Eran simulaciones de vuelo que mantenían a raya las fauces de la desesperación. No, la diferencia consistía en que la mosca podía salir de allí para irse a morir a donde quisiera y Roman no. Él había sido condenado por el hombre a más años de los que viviría y a más soledad de la que podría tragar. Y mientras tanto esa mosca y otras como ellas entrarían en su celda de dos por tres y dejarían diminutas cagadas en la bombilla o harían un picado hacia la taza del váter.

Su madre, su padre y su hermana iban a verlo todos los segundos domingos de mes a la cárcel. Roman se sentía fatigado, enfermo, cuando el calendario le acercaba el día de guardar. Allí estaba, su familia, mirándolo del otro lado de la pared de cristal. Su madre, haciendo unos esfuerzos tremendos por no llorar. Su padre, tratando de disimular la vergüenza que sentía por tener un hijo infanticida. Su hermana, que no inventaba ojos de tristeza para tapar la repugnancia que le merecía. Roman no estaba a gusto recibiéndolos, actuando en una pantomima grotesca, manteniendo aquellos diálogos entrecortados y falsos. Hijo, ¿estás bien? ¿Cómo te tratan? ¿Comes bien? La prima Adela ha tenido un niño… Puntos suspensivos. Prohibido hablar de niños. Su hermana no se molestaba en hablarle. Contestaba con monosílabos si le preguntaba cómo le iban los estudios, etc. Luego dejó de ir. Sus padres ponían alguna excusa: está pachucha; está de exámenes; se fue de viaje… Su madre mintiendo, su padre mintiendo también, y él jugando constantemente con la mentira. Diciendo que no estaba mal, que la comida era buena, que tenía tiempo para leer y hacer ejercicio. Y cuando acababa el tiempo de visitas y se marchaban, Roman pensaba: “Ojalá que no volváis más, ojalá os olvidéis de mí, del monstruo que paristeis, de la bestia que mató a aquellos niños”.

Las luces se apagaban a las once. Pero a Roman le costaba cerrar los ojos. La oscuridad estaba viciada por los olores de la esclavitud, las flatulencias de los presos, sus ronquidos, el suave canturreo de El Estrangulador, el estremecimiento de las cañerías, los pasos sobre el piso del vigilante nocturno… y el zumbido de una mosca. Roman se quedaba tumbado en el catre y revivía sin querer de nuevo todo el proceso. La detención, el policía cerrando las esposas sobre sus manos, la rueda de reconocimiento, la impresión de sus huellas dactilares, el interrogatorio, el calabozo de la comisaría, el traslado en el furgón, los puños de la camisa raídos del abogado de oficio, el juicio, el juez, el fiscal, los padres de los niños muertos. Y al final siempre estaban sus padres, que ya no sabían si su hijo era quien decía ser, quienes sabían que era, o aquello en que la sed de venganza de las paternidades acuchilladas hasta la rabia lo habían convertido: en un acusado, en un presunto asesino, en un culpable, en un asesino de niños, en un monstruo.

Roman empezó a pensar seriamente en escapar; en afilar el puño de una cuchara y escapar. Pero no era nada fácil tomar esa decisión, ni siquiera para alguien que se quedaba despierto escuchando los sonidos de la noche. Y de todos ellos era el bun-bun de su corazón el único que aborrecía, el que no quisiera volver a oír nunca, porque como él dentro de aquella celda, desempeñaba un papel meramente mecánico, referencial. Los recuerdos pronto quedaban sumergidos en un limo de tristeza sin límites. Todo recuerdo anterior al arresto era abortado por una náusea que lo mantenía doblado espiritualmente, en una arcada constante y cíclica. Roman no sólo era prisionero de la ley de los hombres sino de su misma voluntad. El equívoco que lo había encerrado de por vida y que de paso había destruido su pequeña y mítica atlántida, lo había paralizado de alma para arriba. No podía moverse, no podía coger esa cuchara y excavar un túnel en su pecho, a la altura del segundo hueco intercostal. Se había roto como el osito de los platillos, que fue su juguete favorito durante mucho tiempo.

El Estrangulador se llamaba Wenceslao y él sí se había ganado el apelativo con que fue bautizado por la prensa. Pero en vez de hacerlo con una botella de cava, a él le rompieron en la cabeza una porra antidisturbios. Wenceslao era el vecino de celda de Roman y a menudo, por amenizar las horas de monotonía penitenciaria, mantenían extensos diálogos en los que todo lo decía El Estrangulador.

-Tú no eres mejor que yo, Roman, por no haber cometido, como juras, los crímenes por los que te encerraron. La justicia a veces se equivoca, pero otras muchas veces acierta. Piensa que hay una sabiduría ahí fuera que pone a cada uno en su sitio. ¿Has pensado que estás aquí no por algo que no hiciste, sino por algo que ibas a hacer en el futuro, algo tan malo que sólo mencionarlo apenaría el corazón de una hiena como yo? ¿Has pensado que tal vez el verdadero asesino de esos niñitos no a acabado entre rejas porque quizás algún día haga algo heroico, algo que salve miles de vidas? ¿Has pensado acaso que esas cinco inocentes víctimas podrían haber crecido y convertirse en pendencieros asesinos como yo? Roman, los que dicen que la justicia es ciega leen con los dedos, te lo digo yo.

Wenceslao estaba en su despacho del área de Geografía e Historia de la Universidad corrigiendo un parcial de “Mundo Clásico” cuando cuatro miembros de la Guardia Civil entraron para leerle sus derechos. Tenía derecho a un abogado y a arder en el infierno. Wenceslao, como Roman, ya había ardido, y sólo eran árboles carbonizados esperando las lluvias.

La mosca daba vueltas sin parar cerca del techo, alrededor de la bombilla desnuda. Roman se incorporó e intentó atraparla. Esperó a que la mosca se posase en alguna superficie y entonces consiguió atraparla. La oyó revolotear frenética dentro de su puño. Pensó: “Está asustada”. Dejó un huequecillo entre el pulgar y el índice. La mosca asomó la cabeza, pero Roman no dejó que siguiese adelante. En la celda de al lado Wenceslao estaba canturreando alguna canción de juventud.

-La he atrapado, Wences -dijo Roman acercándose al extremo de los barrotes y sacando la mano entre ellos.

-Sí, la tienes -dijo El Estrangulador sacando la nariz y observando la cabecita de la mosca-. Ahora tú decides, o la matas, o la sueltas y la dejas vivir.

-Sí -dijo Roman.

Después de meditarlo Roman decidió concederle la libertad al bicho. Abrió la mano, pero la mosca no salió volando despavorida. Su diminuto cadáver rodó hasta la palma de su mano y se quedó allí, inerte.

-Wences, no se mueve, se ha asfixiado o algo.

-Es lo que pasa cuando aprietas demasiado, Roman.

 

 

 

PROFECÍA

Y los muertos caminarán sobre la faz de la tierra, dice el evangelio, la Palabra, y así fue, y porque la maldad del hombre es infinita, y también su idiotismo, amén, fueron castigados por El Que Todo Lo Ve, y condenados a arrastrar sus pellejos y pelambreras por el tártaro averno infernal, y a rascar con las uñas las apulgaradas materias de sus sepulturas y salir de la oscuridad de los tiempos a la casa de los vivos cuando el ángel de la venganza rompa el séptimo sello con dientes y uñas, y caminarán a la par los justos y los pecadores, compartiendo el mismo cielo que la sangre del borrego oscurece, y el Hijo del Hombre, está escrito por la Mano del Profeta, será tentado siete veces antes de comprar el Abdominazer 2000, y así fue, pero el Hijo del Hombre no perderá ni un solo gramo de su primermundista tocinillo, y caerá en tristeza melancólica, y se dará a las fritangas y al demoníaco pastel de merengue con nata y chocolate derretido por encima, y volverá a ser tentado por la magia mala de los tahúres de la publicidad, y Honorato Ruipérez, que engendró a Pancracio Ruipérez, que engendró a Zenobio Ruipérez, que engendró a Gumersindo Ruipérez, aventado de los Mundos Inferiores, llevará su agusanada urdimbre hasta los palacios del placer, de los que en vida fue comprometido huésped y pagador malo, donde la prosapia de Kate la Coñi y Mariquilla la Eléctrica, musas de la perdición y las purgaciones, gomorrizan a los virtuosos aurigas del futuro, y los mercaderes de la Sociedad de la Opulencia, que emboban y profilactan las cabecitas de huevo duro de los niños, a los que amaba pedofilísimamente Aquel que Padeció Persecución, sonarán sus flautas pánidas, y los muertos en su amanecer segundo se meterán chutes paganos y esnifarán polvos de Belcebú, y los Jueces volverán sus narices talmúdicas y denigrarán las botellonales donde se inmolan birras y cacharros espirituosos para obtener la prerrogativa de Colocón, y en cambio promoverán concursos de belleza sobre tacones de aguja, y las misses anorexiarán a la pimpollería del orbe, y se erigirán en las becerras de oro y macramé del nuevo milenio, así ha de ser, y con el advenimiento de la Edad de la Pachanga el Hijo del Hombre dejará de tener ideas propias y hará zapping con ojos de estatua marmórea, y todo lo verán desde Arriba los ángeles a sueldo y El Que Era y El Que Es y El Que Ha de Venir, rodeado por 24 tesoreros municipales, 24 funcionarios cafeinómanos y 24 programadores de televisión, un total de 72 tontosdelculo, invadirá masivamente la tierra de Alá, y saqueará la sangre negra, la pez de la tierra, y muchos niños y mujeres y hombres de buena voluntad yacerán aunados por el Recelo Farisaico de Occidente, y se verán estos y otros prodigios dignos de náusea, y en cada casa con luz eléctrica, agua corriente, leche en la nevera y automóvil en la cochera habrá cuatro monos por cada miembro de la familia tapándoles ojos, bocas, oídos y despiojándoles la quijotera, y todo estará bien, y los muertos consumirán carroña plastificada en los Centros Narcotizantes y la demanda aumentará el valor del dinero, Oh Gran Señor, y como en los reinos de Judá y David, tus siervos leales, los perros de los Recaudadores de Impuestos comerán antes que aquellos que aran los campos, y las catacumbas volverán a recibir la carne de los vivos, la Antigua Ley así lo expresa, y cuando la babosería cultural y nacional lepre todas las mentes y ya no quede un solo hombre nacido de hombre y mujer que no se comporte pijoterilmente o chille de locura hasta fastidiarse los ganglios ante el gorgorito de un melódico con tirabuzones, los bastardos del padre Adán apartarán la tarjeta de crédito de la vil tijera, y estarán tan muertos y corruptibles como los lázaros que se levantaron y anduvieron y apestaron, pues lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso mismo se hará: nada hay nuevo bajo el sol.

 

 

 

HISTORIA DE UN PAYASO CONTADA POR SU NARIZ

No sólo soy redonda y roja: además soy la nariz de Grimaldi el clown. Y esto quiere decir que, si alguien propusiese una jerarquía de narices de payasos, yo estaría arriba del todo. No se trata de narcisismo. Hablo de haber sido el apéndice nasal más ilustre de cuantos estornudaron bajo las carpas de ese gran espectáculo del circo. Grimaldi y yo iniciamos juntos la andadura en esto de hacer reír a la gente. Soy obra del famoso maestro-artesano de postizos Uli Foggenthalen-Dohffen, y he llevado mi denominación de origen con la nariz bien alta. Pero basta ya de hablar de mí. Hoy quiero que conozcáis a Grimaldi.

El verdadero nombre de Grimaldi no era Grimaldi, pero ya nadie se acuerda de él. Para un payaso el nombre es el tatuaje más duradero. Grimaldi era un genio. Digamos que de pequeño se cayó en la marmita de la risa, por eso nadie que lo conociera como yo habría sospechado nunca que en el fondo era el ser más desgraciado de la tierra. Una tragedia interior e incomprensible lo acompañaba a donde fuera. Creo que fue para impedir que los demás descubriesen que era el hombre más triste del mundo que me dejó en su cara para siempre. Quiero decir que sólo se quitaba la nariz (perdonad la tercera persona) para dormir. Y sólo a veces. Las noches eran para la botella. El licor era para Grimaldi como acercar la llama de una vela a una telaraña, sólo que en él el fuego del vino apartada la maraña de la tristeza.

Grimaldi tenía un hígado a prueba de toda la cosecha de whisky de Escocia de 1919. Siempre lo pensé, porque hubo ocasiones en que no había una explicación lógica para que siguiera de pie. Sin embargo, ahí lo teníais, siempre dispuesto a salir a la pista y hacer reír al personal con sus payasadas. Acabaron llamándolo Grimaldi, el Payaso Piripi. A él le hizo gracia. Es de las pocas veces que rió fuera del escenario.

A Grimaldi no lo había abandonado el amor de su vida, ni se le había muerto un perro cuando fue niño: no había nada que explicase aquella querencia por los grados etílicos, salvo quizás, claro está, su alma. Nadie sabía por qué era tan desdichadamente triste. Y al mismo tiempo era capaz de arrancarle a un muerto una sonora carcajada. No había explicación para eso en el campo de la ciencia, o en cualquier campo.

Yo sé que Grimaldi disfrutaba con su trabajo, lo que no significa que pudiese llegar a sentirse, aunque sólo fuera por un milagroso instante, feliz de veras. Un día el Circo contrató a una célebre rolabolista, la por todo el orbe aplaudida, Ivana Ivanova. No era una mujer especialmente hermosa, pero tenía eso que los trapecistas llamaban “equilibrio”. Grimaldi tenía para entonces el corazón intacto. Creo que fui yo, es decir, la nariz, la que movió a Ivana Ivanova a trasladarse rodando desde aquella gran bola de colores hasta la rulot de soltero de Grimaldi. Ella misma lo confesó una noche: “Grimaldi, si no fuera por esa narizota que no te quitas ni cuando me haces el amor, oh Grimaldi…”. Fueron dos meses de intensa pasión sexual, de un triste amor cenagoso.

Fue el único momento realmente optimista en la vida de Grimaldi; aquel en que consiguió acercarse tanto a esa cosa, la felicidad, que casi llegó a sentirla entrando por los poros de las yemas de sus dedos como puntas de electricidad estática. “Hazme reír, Grimaldi”, ronroneaba la rolabolista, odalisca desnuda sobre las sábanas. “No sé, no sé, no puedo, Ivana, no puedo”. Grimaldi caía sobre sus pechos, angustiado y avergonzado porque no podía hacer reír a su amante. Ivana Ivanova lo mimaba, le acariciaba como a un cachorro, y lo acompañaba en su llanto.

Grimaldi volvió con sed redoblada a la botella cuando ella se fue. Le dejó una nota. Decía: “Adiós, amor mío, me voy porque ya no me quedan más lágrimas. Te quiso, I.I.”. Aquellas dos ies acabaron cruzadas y alguien con tierra debajo de las uñas clavó la cruz resultante sobre la tumba de Grimaldi. A mí me enterraron con él, así que supongo que esto va para largo. Ya sé que sólo soy una nariz roja y redonda puesta sobre la nariz de un muerto. Pero una vez fui la nariz de payaso más importante del mundo, y eso no hay eternidad que lo niegue.

 

 

 

HUELGA DE OJOS CERRADOS

La huelga comenzó sin despertar demasiado interés entre los componentes de una sociedad demasiado ocupada en sacarse las bolillas de pelusa del ombligo. El comunicado de prensa que el portavoz del PID (Plataforma de Intelectuales Discordantes) envió a los principales medios de comunicación provocó una reacción en cadena de risillas flojas y observaciones de corte irónico. La máquina destructora de documentos comprometedores hizo tirillas la notificación y sólo algunos cuartos poderes locales se hicieron eco del absurdo, integrando la noticia en apartados destierros de sus páginas. El menosprecio sin embargo no disuadió a los huelguistas de su intención de vendarse los ojos y plantarle así cara a la bestia de la mediocridad que devoraba todo lo ético, bello y justo que quedaba en el mundo.

El uno de mayo todos los hombres y mujeres de cierta valía humanística o científica se negaron a representar sus roles civiles, y para ello se declararon en huelga de ojos cerrados. Ya venían avisándolo desde el siglo pasado, que no estaban dispuestos a permitir que el XXI se siguiese hundiendo en esa letrina comunal en que se había convertido la tierra. Había que ponerle freno a la falta de escrúpulos y a la apisonadora de la ambición política: aquella que los gobernantes del mundo tenían en sus manos y que estaba conduciendo al resto de los hombres a una humillación sin límites. Así, los Discordantes hicieron constar en acta cuán bajo había caído la raza: el auriga del mundo era esa pandilla de romanos doblegados por las vomiteras que miraban sus heliogábalos estómagos mientras jugaban a los marcianitos con el Dios de la Bolsa… Pero las denuncias del PID cayeron en saco roto, y sólo sirvieron para amenizar las copiosas cenas de los hombres de negocios. Estos arrancaban de vez en cuando algún hueso descarnado del plato y lo echaban debajo de la mesa, donde una jauría de estadistas se peleaba por roerlo. El PID pidió un minuto de paz mundial. Algunos dispararon unas ráfagas de fusil durante un minuto, lo que impidió que oyesen las manos huesudas de los cadáveres escarbar la tierra debajo de ellos.

Los fundadores del PID y sus adláteres se tapaban los ojos para no mirar el vertedero impúdico en que se estaba convirtiendo todo a su alrededor, para no presenciar la vergüenza de verse picados por las moscas que son atraídas por el aroma dulzón de los valores democráticos en descomposición. Al no ver, hacían lo posible por no sentir, y hacían sentir a los que no habían cerrado sus ojos la necesidad de acompañarlos en aquella ceremonia luctuosa. Por supuesto que al principio los columnistas y demás pistoleros de la opinión loaron a aquellos bonzos que se autoinmolaban sacándose simbólicamente unos ojos testigos de la Gran Infamia. Había no obstante una vibración satírica en la selección de los adjetivos que reducía el encomio a mero esperpento. Los huelguistas a pesar de todo se mantuvieron en sus trece: pero había demasiados zorros y muy pocas gallinas.

La protesta continuó y las áreas estratégicas en el funcionamiento de la sociedad se resintieron ante la indolencia de sus ciudadanos más emblemáticos. Es decir, mientras los individuos que organizaban el cotarro desatendían sus puentes de mando, la humanidad de a pie, la que se hurga entre los dientes con un palillo, caía a velocidad terminal en un vacío de estulticia y trivialidad incontestable. Sin ojos que mirasen por ellos, los millones que no secundaron la huelga empezaron a deformar la realidad y a digerirla mediante los jugos gástricos de una subjetividad estrábica y aborregada. Fueron vulnerables y se dejaron encadenar sin una protesta. Esto no lo vieron los hombres ciegos, que miraban desde el primer día de mayo sus propios y bellos pensamientos, sus altas y lícitas aptitudes heroicas.

 

 

 

LA CITA

Él es uno de esos hombres. Entero, todo rectitud, impoluto. Un miembro activo de la sociedad que genera riqueza y contribuye con sus impuestos a que la sanidad pública cure la soriasis a los gitanos y eduque a los hijos de los inmigrantes sin papeles que cruzan las fronteras a nado, por el morro. Y sí, se diría que este es un hombre satisfecho con su vida. Pero cuidado, que no le han dado nada hecho. Todo lo que tiene, y es mucho, verdaderamente, lo ha ganado con su propio esfuerzo. Es como para estar orgulloso de uno mismo, ¿no creen? Es un hombre sin tacha. En como anda se ve que le gusta la buena vida. Anda como si estuviese yendo siempre a una cita con la diosa de la cornucopia. Tiene pinta de dedicarse al negocio inmobiliario, aunque para entrar en el juego hubo de someterse a una operación de desinhibición de la conciencia. Las cosas me van bien, parece que dice su impecable traje grismarengo, que lleva en el forro la firma de un gay internacional. Su paso es seguro, amplio, nada podría impedir que rompiese ese ritmo de triunfador. Salvo que se le haga tarde, como parece que es el caso, lo que resta unas décimas en un comportamiento tan ejemplar, ya que en la agenda de este contemporáneo nuestro queda señalada incluso la fecha y hora de su muerte, y presuponemos que un alma tan previsora no admitiría demoras. Pero ahora se le atragantan dos minutos de retraso para esa cita vital y tal y como está el tráfico de nada serviría tomar un taxi. El maletín oscuro a juego con sus zapatos y sus gafas de sol exclusivas pierde esa imperturbable cadencia del andar patricio. Y se columpia como el péndulo que aprieta el nudo de la corbata flava cada metro de tiempo que le aleja de la perfección de un día que empezó con tostadas inglesas y zumo de pomelo. Todo ello servido en la cama con servilleta índigo con las esquinas bordadas.

Al hombre imperturbable se le rebela una guedejilla de abrillantado cabello, que con el trotecillo brinca heroicamente sobre su frente. No puede aguantar las gafas sobre el puente de la nariz y falla al llevarlas al bolsillo interior de la americana. Dos perlas de sudor costosísimo engordan sobre la vena de la sien y luego ruedan por el acicalado mentón llevándose el aftershave hasta la hendidura de la barbilla, donde se le acumula una raya de humedad. El hombre combina la zancada con la carrerita, mira con preocupación aquel reloj de empresa que aumenta en dos los kilos en la báscula y se pasa un dedo entre el cuello almidonado de la camisa y el cuello. La media diplomática comienza a resurgir por el bajo del pantalón a medida que la carrera se hace más atropellada y va perdiendo su tirantez, comida por el movimiento de succión de la planta del pie. Los carrillos del hombre ahora flanean por el esfuerzo físico con hilachas de sudor y coloretes. La gomina de alto poder de sujeción se le cruza con la aspersión que brota del cuero cabelludo y fundida se vence hasta tornear las cejas y metérsele por el rabillo del ojo. El hombre impasible y seguro de sí mismo guiñotea, aparta a empellones a los vulgares peatones que se interponen en su camino, quizás blasfema, sus nobles músculos agotando las reservas de ácido láctico, su calculado nudo corbatil aflojando los puntos de contacto, el faldón de la camisa flameando al viento como una bandera patria. El armonioso fuselaje de sus facciones apolíneas, regladas en quirófanos de experiencia contrastada, desaparecen bajo el quieroynopuedo de su galopada. Una mancha de sudor puro expande su corola en el epicentro de la pechera, sobre el esternón mugiente. El maletín golpea contra una farola y oh demonios, se abre. Su contenido se desparrama. El caballero se olvida: está todo a salvo en el disco duro. Hombres como él, tan previsores, quedan pocos. No prevé que dentro de dos segundos la lazada Marimeé de los cordones del zapato se deshará y el calzado se le quedará atrapado entre dos franjas blancas de un paso de cebra. La corbata flota como un fleco fláccido por detrás de su nuca, despavorida, como una extensión postiza de su lengua pachona.

El hombre cruza los tobillos, tropieza, se esparce por el asfalto, se le desgarra el pantalón por la rodilla y se arrasa la cara junto a la ceja. Una o dos gotitas de sangre negra gravitan sobre la camisa. La esfera del reloj de pulsera se ha quebrado, pero qué es un accesorio como ese para un hombre de las sobradas cualidades del que nos compete. El pundonor le prohíbe abandonar y se incorpora, habiendo en ese ademán de alisarse la arrugada chaqueta un reflejo genético de su clase, de su elevada moralidad. Y como hombres como este son sus hechos, reinicia su despotricada andanza. Aún deberá cumplir el último tramo de su trayecto, en el cual ensuciará su inodoro terno, le hará un siete en el codo, se le caerán algunos botones. Pero no se detendrá, ni cuando convertido en andrajos y con churretes de roña en los puños de la camisa se presente puntual, gracias a dios, en el lugar convenido.

 

 

 

 

LA CREACIÓN SEGÚN AMARA

Se ha demostrado que el individuo creativo tiende al aislamiento, o a lo que es lo mismo, al egoísmo. Al menos durante el proceso creativo. Así lo hacía constar el profesor Humberto Asfeif en un artículo publicado en el número de septiembre de la revista sicológica “Tanatoteca”. Se trata, si seguimos tirando del hilo, de hacer un aparte en la rutinaria exigencia de los días, de alejarse del mundanal ruido para ir a meter la cabeza dentro de una campana de resonancia donde sólo se oyen los propios pensamientos. Las ideas necesitan sólo un algodón empapado en agua para germinar, pero este ha de haber sido producto de la soledad. El creador no es más que un avaro coleccionista de raíces que gusta de regarlas a solas cada noche antes de cerrar los ojos. La hoja en blanco, el lienzo virgen, un pedazo de barro, el pentagrama mudo, sólo son consecuencias mínimas de una ley que proyecta sobre la materia divisible la indivisible esencia de la creación. Quienes a esto se atreven pierden la referencia del horizonte de los demás y se encierran a sí mismos en cárceles de espejos que le devuelven constantemente el reflejo de sus sombras. La obra nace de la decisión de escapar de la isla deshabitada en la que dios obliga al hombre a ser dios. Si esto es así, entonces crear vida es el proceso creativo por excelencia, si se trata, como es el caso del eminente rastreador de la mente humana Humberto Asfeif, de seres racionales. Y, cosa que olvidó mencionar en su sugestivo artículo, a parte de ese dios travestido para según qué religión, es la mujer el animal mejor dotado para la suprema creación, la de la vida. En ella no hay artificio ni pirotecnia cabalística; no hay “un hágase la luz” sino una contracción tras otra. En la búsqueda de esa perfección se origina una fisura. Esta brecha abierta en la placa tectónica de su alma libera un magma o amor, y comienza a manar hacia la superficie. De este modo el agente creador en general, y la mujer en particular, se aíslan voluntariamente formando una marco ideal de desarrollo de una Idea Previa, esto es, una isla volcánica que aflora en la nada oceánica, construida a partir de la misma materia de la que la construyeron sus padres, la materia sobre la cual flota el principio de vida o de toda existencia.

 

Amara llevaba dentro, iba para veintiocho semanas, una vida, un porcentaje de luz cóncava que esperaba en su vientre algo oscuro que le diese sentido. Esa luz era un hijo, y esa oscuridad, ella. En sus sueños la envolvía una sustancia gélida, como esa pomada que le ponían para las ecografías. Su bebé tiritaba. Su bebé entrecerraba una manita translúcida sobre el cordón umbilical, y cerraba el paso del alimento, de la respiración y del amor. Amara intentaba enviarle, vía sanguínea, el impulso mental para que dejara de apretar el tubo. Pero su bebé ya ni siquiera recibía los pensamientos de su madre: se estaba muriendo. Se estaba matando. Amara despertaba llorando y buscaba el vientre con las manos, buscaba la patadita, confirmar que había un antídoto para toda aquella oscuridad alevosa.

El ginecólogo le despejó toda suerte de dudas. El niño estaba bien y no, no estaba muerto. “Pero no se movía” diría Amara con alarma y alivio entremezclado. El doctor le explicó que a veces el feto también duerme.

 

Amara despertó. Una pátina de sudor frío le escarchaba la espalda. Fue a la cocina, bebió agua y esperó sentada junto a la ventana a que el terror pasara. Había sido tan real… Había sido la pesadilla más horrible de su vida, y no podría haber imaginado alguna peor. Había soñado que su bebé la soñaba soñando su suicidio dentro del útero. En las siguientes semanas Amara vio en varias ocasiones, sin duda en sueños, a su bebé putrefacto, cubierto de gusanos, comido por la muerte. Unas náuseas terribles la hacían buscar el inodoro o el rincón más cercano.

Una tarde llamó alguien. Amara cogió el teléfono y escuchó:

-¿Amara?

-Ah, eres tú. ¿Qué quieres?

-Ya lo sabes.

-Eso no puede ser.

-También es hijo mío.

-…

-Amara… Amara… ¡Amara!

Amara colgó. No necesitaba a nadie para tener a aquel niño. Eso era cosa suya. Tal vez, más adelante… Sintió una patadita. Amara miró por la ventana. Había dejado de llover. Salió el sol y un rayo de arcoiris golpeó su vientre nodrizo.

En los relojes del mundo daban las primaveras en punto.

 

 

 

 

UNA HISTORIA DE AMOR EN SÍ QUIERO

Lo de Leo y Fonsi fue de oído. A los dos meses estaban casados y con la cigüeña de camino. El de ellos fue un embarazo sinfónico. El bebé se iba a llamar Amadeo, por la Novena que sonaba en la casete mientras lo concebían, o en cualquier caso Calíope o Cecilia. “¿Qué crees que será, flauta o chelo?” preguntaba el padre pegando la oreja al vientre de la madre. “Violín” contestaba Leo: “Será primer violín”.

Cuando dieron a escoger los instrumentos en clase de música Leo apretó el violín muy fuerte contra su cuerpo. Pero habida cuenta del corsé ortopédico que enderezaba su espalda hubo de optar por el triángulo, la opción más ligera. Hubo unanimidad cuando sus profesores de solfeo tomaron la decisión de considerarla incapaz para tocar el violín.

Aquella frustración no desapareció hasta que lo hizo su adolescencia, contra cuyos escollos también se estrelló el corsé y la represión de su cuerpo. Aquella noche que Leo ya no hubo de necesitar más aquel grillete fue al jardín y lo quemó en la barbacoa. Conforme las llamas se comían el corsé este iba soltando mariposas nocturnas de alas amarillas que se fueron volaron noche arriba. De haber podido escoger entre todos los violines del mundo nada habría cambiado. El violín exigía cierta gama de movimientos oseomusculares que el estado de su espalda nunca le hubiese permitido.

No diremos aquí cómo una triangulista del montón se hizo un sitio en la Filarmónica de Murcia. Bastará que se señale nada más que durante los años de aprendizaje Leo aceptó mirar el mundo a través de los lados equiláteros de un triángulo y que esta visión quedó así deformada como antes lo estuvo su espalda.

Leo y Fonsi regalaban al feto valses de Chopin y el Bach de Brandenburgo, sonatas de Mozart y delirios de Beethoven. Fonsi no era Rostropovich pero sabía sacarle al chelo gritos y susurros; sabía cómo cabrearlo y dejarlo sin aliento. El niño a veces parecía que bailaba moviéndose dentro de la madre como un pedazo de corcho sobre las olas. Y así, entre allegros y adagios, pasaron los nueves meses estipulados.

Es cierto que Fonsi y Leo se enamoraron de oídas, antes de verse las caras. En este sentido el de ellos fue un romance muy sonado. Practicaban en estudios contiguos. Las puertas eran viejas y la madera se hinchaba con la humedad. Esto impedía que se cerrasen por completo. La insonorización era sólo relativa. Tan relativa que una tarde que llovía y la mayoría de los músicos jóvenes esperaban detrás de los cristales a que escampase, algunas notas que escaparon de la sala de Fonsi llegaron por casualidad a la que ocupaba Leo y le salpicó las rodillas. Ella entró al trapo de las cuerdas y golpeó el triángulo en el instante en que un si sostenido del chelo de Fonsi amenazaba con dividir el aire. La vibración metálica resonó en aquel corazón construido a imagen y semejanza del instrumento del violonchelista. Aquella tarde Fonsi y Leo acabaron mirando la lluvia detrás de la misma ventana.

No es por aguarle la fiesta a nadie pero también llovía cuando nació Amadeo. El bebé llegó a rastraculo pero llegó y si iba a ser alguien en el mundillo de los atriles y las partituras parecía que, a juzgar por el berrido, sería en el de las tablas de la Ópera. Quien no haya sido puesto en antecedentes considerará excesivo que el primer juguete del niño fuera un violín. Pero quien haya pasado diez años asfixiándose con un corsé de alambres podrá entenderlo. Será necesario haber estado junto a Leo aquella vez que la obligaron a dejar el violín y la caridad de sus jueces le puso un triángulo entre las manos.

Por eso cuando Leo tuvo a su hijo en sus brazos por primera vez lo apretó contra su pecho tan fuerte como apretó aquel violín.

 

 

 

SALVO EL FUEGO

Su manía de comer fuego lo condenó al sobrenombre de “El dragón”. Era rematadamente feo y no hacía nada por remediarlo. Tenía una de esas caras a la que la palabra horrible se le queda pequeña, toda acribillada de quemaduras, con una barba áspera pelada en algunos puntos y unos ojos enredados en una mirada de oso de circo. Escupía fuego como la más natural de las cosas, pero era en verdad la más anormal de las criaturas y al mismo tiempo, una de las más tristes. Su tristeza, si viene al caso, hay que decir, era irremediable. Hay hombres que han venido a este mundo extraño para rumiar sombras como han nacido las mariposas para hacer más propicio el paraíso.

El Dragón se ganaba la vida de aldea en aldea haciendo exhibiciones. Una noche vio entre el público a una mujer y se enamoró de ella. No era la primera vez que le ocurría, pero sí la primera vez que le ocurría aquella noche. Para el Dragón el amor era lo más fácil del mundo. No había nada tan sencillo, salvo quizás, el fuego. Ese fuego con el que había nacido no sabía cómo y por qué. Pero el amor, que también era una llama en su interior, tenía un modo y una forma. El Dragón, sin dejar de soltar escupitajos de fuego, se fue acercando hasta aquella mujer que hacía única la tierra que pisaba. Pudo admirar de cerca la voluble extensión del pelo, las cachas que eran de la misma carne donde nuestros padres sembraron el primer rábano, la limpieza de unas manos que nunca pelaron batatas, y aquellos pechos de oveja que ha pastado la yerba que creció con la primera lluvia de la primavera. Ella miró por encima de su fealdad y vio la perfección de su tristeza y llegándose a la hoguera más próxima le trajo un ascua encendida y se la dio a probar.

Era  dulce el rescoldo y ella le prometía todo el fuego que pudiera encender con su boca. Había en la mujer un misterio dentro de un misterio que envolvían por igual la piel que el Dragón probó esa misma noche sobre la piel de un leopardo en una cabaña de madera con las estrellas de fondo. A la mañana despertó solo el Dragón junto a un charco de cenizas y supo que ella no había dormido nunca a su lado. Otra gota de pena cayó en el pozo de su tristeza. El Dragón devoró entonces todos los fuegos de aquel amanecer e invirtió el proceso quemando la aldea. A partir de aquel acto de creación un rastro de humo le siguió allí a donde fue.

Pasaron muchos años. El Dragón fue perseguido por hombres que deploraban sus incendios. Por hombres que lo habrían condenado al silencio de las profundidades del río. El Dragón siguió huyendo hasta que ya no le quedó memoria y la huella de su tristeza se secó y se convirtió en humo. Desde aquella noche, desde aquella aldea, desde aquella mujer, no hubo más amor que el del único recuerdo que le quedó intacto.

Se hizo viejo y cayó enfermo. Ya apenas si le quedaba fuego para encender la leña y calentarse un poco. Con mucho esfuerzo prendió una ramita. El invierno era el peor enemigo del dragón, el peor enemigo de las ardillas y el segundo peor enemigo del verano. Le costaba imaginar el fuego, el fuego de verdad, aquel que arde bajo el agua sin necesidad de combustible. Le parecía mentira tener que esperar a que el café se le enfriase un poco. Antes nada podía apagarlo.

El Dragón no sabía ni cómo ni por qué. Pero sopló sobre las chispas que cayeron sobre las ramitas secas para que se prendieran. Luego una llama débil, y finalmente el fuego. Así debió ser. Un simple soplo. Se quedó dormido. Durmió toda la noche del tirón. Por la mañana estaba solo: sólo había algo de ceniza donde antes había ardido ella.

 

 

 

EL REGATEO

Era un tipo poco corriente. Para empezar, su pensamiento era de un sincretismo iberiquísimo: que fuera machista de veta doble no quitaba que defendiera con encono la violencia de género en el bar, ante una tapa de callos. No había quién lo aguantara, es cierto. Tenía una filosofía para los domingos y otra para los días laborales. A veces hablaba como el que cae en paracaídas, y otras veces como el que camina con muletas. A parte de esto era ambidextro: lo mismo le votaba a la derecha que a la izquierda. Miraba como el que ve en su interlocutor un saquito con treinta talentos de oro. Y se había casado con un hada buena que le había puesto despacho en la Plaza de Espartero.

Este prototipo del español de carácter se dedicó al altruismo financiero, pues siempre tuvo conciencia de lo importante que es para el amor propio hacerse rico con los óbolos ajenos. Dispuso en su estafeta agentes de campo que le pusieran los garbanzos en remojo. Él llegaba a media tarde y se los comía con pan. Se había comprado un bólido de esos que cuando ruge el motor la vibración sube por la tapicería de cuero hasta los testículos del piloto. Así se trasladaba este variopinto estratega en una suerte de onanismo automovilístico.

La mujer con la que se había casado, una pureta de buen corazón y mejores cuentas bancarias, propietaria de una de las más sonoras colecciones numismáticas del país, se había colado hasta las berzas de aquel hombre que le plagiaba versos exfoliantes de Núñez del Arce y se los recitaba con la boca pequeñita en los entreactos de la veladas sociales donde las libreas y los fraques bullían con calidad de cola de pato. Hubo algo de decadente en la forma en que este hombre del futuro sedujo a esta mujer del pasado. Las miradas melancólicas del galán rechinaban contra el provecto cutis de la dama con cierta blandura de emociones. Ella se erotizó de una manera pagana. Él le echó estómago y le exigió un beso. Mendelssohn tocó las campanas y el hombre inauguró en la Plaza de Espartero “El regateo”, una evasiva empresarial para ejercitar la especulación.

Pelotazo tras pelotazo hubo un momento en que este hombre de negocios conquistó la felicidad pidiendo el divorcio de una mujer que le había querido, excepto en la pobreza, en todo lo demás. Libre del castillo de If en que se había convertido su matrimonio, este sibarita de cuño contemporáneo, dueño y esclavo de una pequeña fortuna a su nombre, se dedicó a lucir el peinado mariocondino por los campos de golf donde se dirimía el destino de España.

Nuestro hombre, pandorado por una trayectoria escalonada de triunfos financieros, recibió un día esa palmadita en el hombro que se les da a los que están destinados a beberse el mundo en el cáliz de plata de los dioses. Se sentó en su escaño y dormitó con la barbilla apoyada en el nudo de la corbata. Soñó con lupercales en su honor, con mujeres indígenas planchándole los calzoncillos. Este español tenía en su corazón una aguja de marear sueños.

Había llegado al K-2 de su vida, un sistema organizado en torno a esa idea fija, la ascensión. Apenas podía sospechar que el cenit de su poder estaba sujetado por ligaduras quiméricas al nadir al que se precipitan ícaros y hombres de musculosas cuentas corrientes.

Entraba en su buga masturbante, ya aplastadas las gónadas contra el cuero oscuro, cuando una mano blanca y violeta, hija de la venganza, le descerrajó un tiro en la cabeza, sin siquiera darle tiempo a regatear el precio de su vida. Aquel temblor senil de la mano asesina necesitó descargar el tambor del revólver para que aquel hombre apurase la muerte hasta las heces.

 

 

 

 

 

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