VIVICIDIO

Me llamo Modesto Téllez, profesor de lengua y literatura. Aquí y ahora dejo escrito de puño y letra esta nota de vivicidio, y para que quede constancia de ello, lo hago en presencia del excelentísimo señor notario Don Leocadio Cabrales Bocao.

Así, empiezo: señores, familia, queridos alumnos, compañeros, amigos, enemigos, amables desconocidos: yo quiero vivir. Y quiero darme vida por mi propia mano. Sé que esto puede sonar descabellado, incluso absurdo. Lo es. Quién, pudiendo optar por la salida fácil, escoge la más ingrata, la de la vida.

Voy a vivir. Sé que no hay una asignatura de libre disposición que lo enseñe a uno a vivir, ni tan siquiera a sobrevivir. Pero ya he tomado la decisión y no me voy a echar atrás. Es la vida lo que busco, y la necesito. He estado muerto mucho tiempo; ahora quiero conocer lo que hay más allá del mundo de las sombras, de las primeras cosas posibles.

Tengo miedo, y temo que me tiemble el pulso en el último momento y falle la puntería. Quiero dejar a un lado las telarañas, los vacíos incómodos, las noches sin sueño, el taller de manualidades donde he pegado y despegado sin descanso el vaso roto donde guardaba la esperanza. Ahora voy a limpiar toda la porquería que he acumulado durante esta muerte. Y me voy a vivicidar.

No quiero que mi corazón empiece en los bolsillos; quiero darle la vuelta a los espejos, ser yo el espejo donde se miren los espejos, las paredes que siempre me han acorralado y los cielos que me he perdido por estar muriendo constantemente, únicamente, en algún sótano pobre y sin ventilación.

Vida: necesito vida. Busqué la sed, el dolor, la fuerza centrífuga de la nada, travestido de cero a la izquierda. Pero viviré. Aquello se acabó. Solo un instante congelado en el tiempo y seré otro: estaré vivo. Para ir a los árboles y a las albercas; para chapotear en el amor y en la risa; para domar el viento y mancharme con el noche a noche, el día a día.

Cuando esté vivo…  Y meter los pies desnudos en la arena, y esperar que vengan las olas, mientras arriba las nubes tejen juguetes de algodón para los hijos del aire. Y que las frutas que muerda estén permitidas y que los paraísos sean gratis para los adanes y las evas; o esclavizar una aceituna encurtida en la boca; merodear por los campos y por los ríos; mirar de cerca el polen amarillo en las patas de una abeja; girar las ruedas de las bicicletas; provocar círculos concéntricos en el agua de los charcos dejando caer una piedra; hacer confeti con mi certificado de defunción; rascarle la barriga a mi perro; buscar los cromos de la Liga 85-86, Arconada, Quini, Satrústegui, Santillana, Maceda…

Adiós, muerte cruel. Hola, vida. Recíbeme con cuidado, pues vengo del más allá, y allí la felicidad es un artículo de lujo.

 

 


ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO

Yo, Modesto Téllez, profesor de lengua y literatura, en pleno uso de mis facultades mentales, lego mis bienes a quien corresponda y de la siguiente manera, como queda especificado en este documento:

Dejo mi sonrisa a todos los niños tristes del mundo, a los que la han perdido y a los que no saben que la tienen; a aquellos a quienes la pobreza o la esclavitud, la guerra y el fanatismo se la arrebataron antes incluso de nacer.

Mis miedos van para los que se han ganado la vida provocándolos en los demás. Para los que han humillado a los débiles con muecas de terror; para los que usurparon la paz a los inocentes y sembraron sus sueños de oscuridad infértil.

Mi reloj parado se lo doy a los que en vez de ir, huyen a sus trabajos; y acuden con dos nudos a la oficina: el nudo de la corbata y el nudo de la angustia. Para ellos una esfera de números, un círculo como una rutina, como un surco circular alrededor de una noria, los que dan pasos de buey o mula.

Lego todas mis filias a quienes tienen fobia por ellas. Mi bibliofilia que se la manden a los analfabetos, a los incultos; la melomanía, a los sordos, a los duros de oreja, a los mcs; la cinefilia que se la manden por correo certificado a José Luis Garci, de mi parte. Mi nota de vivicidio a los que no llegan a fin de mes, a los que vivan en pisos de 30 m2.

Doy mis manos a los que cuentan con los dedos, a los que construirán con ellas países sin fronteras, puentes que unan y no aparten; mis manos pequeñas, a los sastres, a los panaderos, a las madres, a los traficantes de guantes, a los cocineros. Los ladrones que se abstengan de mis manos, o que las usen solo para coger flores que regalarán a sus novias cuando salgan de la cárcel como hombres nuevos.

Mi colección de cicatrices, pupas, llagas y moretones se la dejo a la Sociedad Protectora de Heridos, a los que alguna vez han pisado una piel de plátano y caído, a todos los que van de masocas y lloran cuando les quitan el caramelo; y a aquellos que han vivido muertos y entraron a hombros por la puerta grande del infierno.

Mis pies los dejo a los inválidos, a los niños vietnamitas que sufrieron el mordisco de la mina antipersona; al que camina hacia delante sin importarle los qué y los cuando; a las liebres que se dejan adelantar por las tortugas, para que sueñen la vida y dejen de vivir en un sueño.

Mi piel se la dejo a un artesano para que la ponga en un tambor que repique antes de un triple salto o redoble después de un magnicidio o una patriótica muerte. Que sea para los niños lobo, que aúllan a la luna cuando quieren leche, para que no pasen frío cuando llegue el viento del norte.

Dinero no tengo; alma tampoco; las pelusillas del ombligo son para el viento; me quedan los huesos, pero esos son para la tumba, que algo querrá llevarse a la boca, la pobre.

 

 

IMAGINA

Un mundo sin imaginación, donde la fantasía hubiese quedado desterrada, rota, inservible, olvidada, pasto de las telarañas y los nostálgicos, sería un mundo hecho a medida para los mediocres. Sin imaginación, ¿qué sería de de ti y de mí? Nuestra mente sometida continuamente al frío látigo de la razón, a lo estrito y monótono. Nuestras acciones, vigiladas de cerca por los esbirros del cálculo, coartadas en su principio de libertad, buscarían un soplo de aire, una brecha por la que entre la luz, sin conseguirlo, y perecerá, inane, un escombro más, como una guitarra a la que despojas de las cuerdas. Porque la imaginación es la que hace sonar la melodía que pone el hilo musical a la vida que vivimos en desorden y al trecho de camino que nos separa de la nada.

¿Quieres existir siendo tan solo un número, algo que se encienda y apaga pulsando un botón? ¿Cómo escaparemos de un laberinto sin puertas, sin centro y sin hilos? ¿Qué harás cuando seas derrotado? ¿A quién acudes? ¿A la ley de los hombres o a la de las máquinas? No busques ya la poesía o a los seres mitológicos. No llames al cielo “espejo de asteriscos” o a la vida “río de nuestro tiempo en este mundo que se nos escapa como arena entre las manos, tan volátil como los sueños”; no digas “ese ejercicio es pan comido”. Di: “este ejercicio me resulta fácil de realizar”; no digas “me estoy asando”; simplemente tienes calor. Y ya que estamos, yo nunca “llegaré a la fuente del problema”. Porque me faltará la imaginación para hacerlo. Si la imaginación no te hace falta, ¿empezarás quemando todos los libros? ¿Pondrás de moda las hogueras? ¿Qué leerán los padres a los niños antes de dormir si ya no hay Hermanos Grimm o Hans Christian Andersen? ¿Los Principia matemathica? ¿Ética demostrada según el orden geométrico? Si esto es así y condenan la imaginación al silencio tendrán que reconvertir los museos en códigos binarios. Las escuelas no formarán seres sensibles y pasionales, capaces de idear jardines bellos y atlas decorados, solo a soldados que luchen en las filas del racionalismo, seres con calculadoras en el hueco del corazón, proyectos de aritmética aplicados al ser y al hacer, prototipos de robots bien uniformados y con futuro…

Futuro, pero ¿a qué precio? ¿Es que estás dispuesto a renunciar al arte: a los que imaginan imágenes a 24 fotogramas por segundo, a las series de televisión, a las obras de teatro, a la hermana pequeña de la realidad, la ficción?

Oh, no te creas inmortal solo porque sabes usar una escuadra y un compás y conoces el mecanismo secreto de tu ipop o las leyes que rigen el latir de las computadoras, que podrán contar tu dinero, pero no tus emociones. Vale, sabrás cómo funciona un logaritmo, los códigos de barras de las cremas antiedad. Pero cuando necesites escapar de tu orden y de tu disciplina, ¿a quién recurrirás? Cuando el aburrimiento te reduzca a la esclavitud y a su despotismo, ¿llamarás a Superman? No acudirá: es un ente de lo imaginario, a veces más ser vivo que muchos de los que reniegan de la imaginación.

Recuerda que en tu mundo la imaginación ha sido exterminada y sus recuerdos solo son cenizas, oscuridad quemada. El consuelo, la distracción, la serenidad, las risas… ¿Dónde las vais a buscar? Son proscritos en un mundo sin imaginación. Si prescindimos de la imaginación le quitamos el alma a las cosas, pisoteamos las flores que por algún tipo de milagro han nacido, escupimos a los que miran el amanecer sin entenderlo… ¿A qué se reduce el deseo? ¿A una fórmula? ¿A algo que hará que nuestra vida se llene de electrodomésticos y vehículos y se vacíe de sentimientos? Eso nos hará sin duda más científicos, y milimétricos, pero el pensamiento creativo se resecará; nos adormeceremos con un mando a distancia conectado a un microchip en nuestra nuca, y nuestra muerte llegará tan fácil como pulsar la tecla “OFF”. Nada de misterio, ni de esa curiosidad que es el viento que realmente ha henchido las velas de los barcos que navegaron hacia delante.

Todo está planificado. Las estrellas solo serán ecuaciones medibles en ondas de radio, porque ya nadie pensará en ellas como en las espuelas que la noche clava en los costados del universo. Los astros, desde luego, nunca más titilarán, azules, a lo lejos. ¿Callarás a Homero y a su descendencia? Una vida sin imaginación se ahoga como una rata blanca en un cubo de agua; es extirpar la raíz al hombre, que es lo que le sostiene, lo que le alimenta, lo que lo hunde en la vida. No imaginar es detenerse, señalar a ningún lado, respirar dentro de una tumba.

Así que antes de que sea demasiado tarde, imagina. Es gratis, no duele. Imagina.

 

 

 

 

 

 

CANCIÓN PROTESTA

 

¿Por qué puede protestar una persona en estos tiempos que corren? Hay crisis: la gente protesta porque no llega a fin de mes, porque no se ve Tele 5 en el TDT; hace frío: la gente protesta porque es invierno, porque no le toca el euromillón. Protestamos si alguien se nos cuela; protestamos contra el árbitro cuando nuestro equipo favorito de boley playa femenino pierde; se protesta porque el precio de la vivienda es excesivo; se protesta porque el Papa protesta porque algunos jóvenes cristianos usan condón y eso es pecado y ya hay más jovencitos follando fuera del matrimonio condenados al infierno que jovencitos arrodillados dentro de las iglesias aspirando al reino de los cielos.

Hoy se protesta por todo, porque gracias a la democracia se legitimó la libre expresión y protestar tirado en tu sofá tocándote los huevos o en la calle dando gritos durante una huelga o una manifestación es un logro democrático y un deporte muy sano, si no se te va la mano con la dinamita… La verdad es que protestamos por casi todo: porque hay mucho paro o porque hay muy poco trabajo; porque nos suben los impuestos o porque no bajan los precios. No sabemos lo que queremos. Lo que queremos, tal vez, es protestar.

Yo protesto porque el fuego es fulgor y el agua agota; protesto porque la luna me hace aullar y querer ser un lobo; protesto porque cuando era pequeño le tenía miedo a las polillas que revoloteaban alrededor de una luz hasta morir deslumbradas; protesto porque en este mundo hay niños que trabajan doce horas al día cosiendo balones de fútbol para que en el otro lado del mundo otros niños jueguen doce horas con ellos. Protesto porque el sudor de muchos inocentes está comprando el silencio de muchos estómagos agradecidos.

Yo debería protestar por estar aquí, y no en Acapulco; por levantarme a las 7, y no a las 12; pero protesto porque todavía queda gente que cree que madrugar es indigno o el trabajo una lacra para el espíritu. Contra ellos protesto. Porque algunos ven más el cielo de la tele que el de verdad; porque algunos lloran cuando pierde su equipo de fútbol, cuando faltan lágrimas que derramar por la masacre de focas o por las selvas del Amazonas. Protesto por aquellos que no pudieron hacerlo porque se les calló con una mordaza de tierra: protesto no porque este sea un mundo de abundantes injusticias e hipócritas, sino porque lo seguirá siendo. Yo protesto por tener que protestar cuando tendría que estar jugando con los hijos que no tengo.

Protesto porque no tengo ganas de ganar; protesto porque quise ser director de cine y ni siquiera sé dirigir mi propia vida; protesto contra mí mismo por no haberme declarado a la niña de la que me enamoré en 3º de bachillerato; protesto porque aprendí a nadar demasiado tarde y porque todavía es pronto para ahogarme; protesto por no poder desmentir algunas mentiras, por soñar lo que tendría que haber vivido.

Yo protesto: porque a veces me miran perros abandonados en la carretera y yo sigo mi camino. Yo protesto: no me gusta la sintaxis, la odio; y aún así me la sé de memoria y tengo que darla. Por eso protesto. Y porque nunca pelearé con cocodrilos como Tarzán; y porque nunca seré arqueólogo; y porque nunca me batiré en duelo con espada mientras hablo en verso como Cyrano; protesto porque nunca haré el amor con Natasha Kinski en algún maizal de Alabama. Protesto porque nunca seré astronauta y perderé la ocasión de contemplar naves en llamas arder más allá de Orión o de ver rayos gamma brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhäuser.

Señoría, protesto, protesto…

Nada más.

 

 

UN DÍA EN LA VIDA DE… HUGH HEFFNER

Hola, niños, soy Hugh Heffner, el de la mansión Playboy. Me han pedido que os cuente cómo es un día normal en mi vida. Como hoy lunes. Y que conste que a mí los lunes no me gustan. Si yo fuera dios los quitaría, y pondría dos domingos, que me gustan más. ¡Ya, ya le gustaría a dios ser yo! Aunque bien pensado, qué demonios, si mi vida es como un eterno y luminoso domingo de primavera…

Me levanto cuando me sale de los güevos y le doy un besito de buenos días a las dos conejitas que se han acurrucado conmigo esta noche. Me levanto y echo un meo. Luego me pongo mi batita de señorito, que ya no me quito en tol día. Digamos que es una prenda cómoda, y con ella puedo desenfundar más rápido que Billy el Niño. A mi edad la próstata no perdona: me paso el día yendo al meódromo… ¿Por dónde iba? Hago sonar una campanilla y aparece otra conejita (creo que miss marzo 2009), una rubiaca con más curvas que el circuito de Montecarlo. Me trae el desayuno a la cama: tostadas con forma de conejitos y zumo de pomelo en un vaso con forma de liebre. Al lado las vitaminas, la medicina para la próstata y mi “pastillita azul”, la pitufilla, jeje. Algunos dicen que soy un viejo verde, aunque yo me considero un viejo azul. En verdad siempre ando de aquí allá rodeado de hermosas señoritas, muy respingonas y retrepadas, niñatas que ayer abrazaban a su osito Teddy antes de irse a la cama a soñar con angelitos y hoy abrazan a Tío Hugh antes de irse a la cama a soñar con alfombras rojas y una portada en mi revis.

Mientras desayuno una conejita que sabe leer me resume los artículos picantones de mi revista. Echo un meo, le doy cuerda a mi Rolex de un millón de pavos, llamo a mi inversor para que compre más acciones de la “Viagra”, echo otro meo y me meto en el jacuzzi con tres conejitas: una rubia, una pelirroja y una morenaza que me trajeron ayer de Brasil que además de lavarme muy bien detrás de las orejas me quitan el hipo. ¡Son tan… tan! ¡Y vienen ya siliconadas de fábrica! Hago que me sirvan champán francés: siempre lo he dicho: “No hay nada como las burbujitas”. Aprovecho para tirarme un pedo, que entre las burbujas del jacuzzi y las del champán ni se nota. ¡Cómo soy! ¡Ups! ¡Maldita próstata! Se me escapan unas gotitas… Acabo mi baño matutino. Despido a las conejitas, a las que llamo Jaboncito, Esponjita y Espumita. Hago pasar a otra conejita, a la que todavía no le he puesto nombre, ni collar, especialista en masajes con final feliz. Llamadme loco, pero a mí son los que más me gustan. Me quedo nuevo. No parece que tenga 84 años, ¿verdad? Como estáis comprobando, me gusta cuidarme.

Miro mi agenda. ¿A ver? Tengo un casting de conejitas para elegir la portada de octubre. Le digo a Bunny, mi chófer, que es una conejita espectacularmente bien dotada… para la conducción, que vaya preparando la limousina. Por el camino aprovecho para ver un partido de tenis entre Kournikova y Sarapova. ¡A eso es a lo que yo llamo un buen peloteo! Paro en el hotel Excelsior, que me pilla de camino, y echo un meo. Llego al casting. Lo tengo fácil: se han presentado 100 barbis y una bratz. Como soy feliz, las contrato a todas. Tiro pal restaurante más molón de to Hollywood, donde he quedado con la Angelina Jolie. Intento que me adopte a mí también, pero lo único que adopta ante mi insinuación es una actitud agresiva.

De nuevo en la mansión me pego un sueñecito. Tengo un par de conejitas rebotadas de operación triunfo ¡que me cantan unas nanas al oído, nene! Me quedo sobao como un bendito. Dos horas después despierto, echo un meo y miro a ver cómo van los preparativos para lo de esta noche. Va a ser una fiestuki temática: “La noche de las bragas comestibles”. Deseadme buena digestión. Y perdonad que os deje ahora, simples mortales, pero tengo que ir a echar un meo.

 

MATRIMONIO FELIZ CON BESOS EN SALSA DE CARIÑO

(RECETA PARA COCINAR UN BUEN MATRIMONIO)

Supongo que no es fácil dar con la receta que garantice el matrimonio perfecto o con ese condimento mágico que sea la llave de la felicidad conyugal, aunque si le preguntas a Arguiñano te dirá que es el perejil.

Probablemente no haya una única fórmula, como no hay una única manera de preparar un plato de macarrones, pero ahí va una lista de ingredientes que podéis poner en la cesta de la compra si vais a cocinar un buen matrimonio:

 

INGREDIENTES:

Corazones, dos, enteros. Cuarto y mitad de comprensión. Fidelidad, un chorrito. Ternura, un bote. Mucha pasión, a ser posible del día. Fantasía, risas y abnegación. Amor; muchísimo amor.

 

MODO DE PREPARACIÓN:

Se toman los corazones, se comprueba que laten a la vez, que comparten un mismo sueño, y se los pone a vivir una misma vida, a compartir una misma cama, a construir el mismo futuro.

Los especiamos con cariño. No importa si te va la mano con el cariño. Siempre se le podrá añadir alguna factura o letra para compensar.

Le añadimos la comprensión, que le dará a los corazones un toque agradable, y fidelidad, que hará que el sabor sea más intenso y dure más: siempre. Esto puede hacerse mientras se pelean por el mando, ya que uno querrá ver “El cine de la dos” y el otro “Se llama copla”. Aunque para lo que viene después de apagar la tele no habrá desavenencias. Los tratados de paz se firmarán en lo oscuro y entre sábanas. Aunque también vale encima de la lavadora y con luz.

La mezcla deberá hervir a fuego lento o rápido. Lo importante es no dejar que el fuego se acabe.

Cuando los corazones lleven poco compartiendo la cazuela, le vaciamos encima la ternura, a cascoporro si hace falta. Con la misma gracia le derramamos la pasión, sin susto. Si es de la loca, asegurarse antes de que ha leído y entendido el kamasutra.

El tiempo de cocción es indefinido, a ser posible durante toda la vida.

No olvidar aderezar con un puñado de fantasía y algunas gotitas de abnegación: Y por qué no: una ramita de perejil.

Todo ello emborrachado en litros y litros de amor.

Servir sobre un lecho de risas y acompañado de un buen orgasmo.

 

Ya sólo queda meterse en harina y cocinar este plato rico-rico y con fundamento: “matrimonio feliz con besos, en salsa de cariño”. Y ojalá que cuando cualquiera de ellos llegue a casa, encuentre al otro en la cocina con las manos en la masa…

 

¡Buen provecho!

 

 

¡QUÉ HORROR!, SOY…

¡Qué horror, soy una chica!

Aquella mañana, al despertar, descubrí que me había convertido en una titi. Hasta ese instante nunca había estado tan cerca de una de verdad, y después del primer asombro, del primer impacto… me metí mano. Era mi día de suerte. Eso pensé, agarrado a mi propio culo, a mis propias tetas. Mi puto día de… Oh, no, qué dolor, como por aquí abajo, por los lados, por dentro, por fuera, alrededor: a, ante, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hasta, hacia, para, por, según, si, sobre, tras, durante y mediante: que me sube y que me baja, que me va y que me viene… ¡Oh, no, la Regla! ¡¿Que a qué huelen las nubes?! ¡A dolorrrr! Mierda, y ni siquiera sé cómo funciona el tampax. ¡Esto es humillante!, pienso, mientras me espatarro de cualquier manera entre el baño y el bidé. Quiero llamar a mi madre, pero me da corte. Me echaría en cara: ¿Y se puede saber cuándo te has hecho eso? ¡Que sea la última vez que te haces una operación de cambio de sexo sin consultarnos a tu padre y a mí. ¿Cómo le explico yo a mis padres que a su hijito del alma ahora le van las mascarillas de aloe para la cara, los coleteros de colores de Putka y la tableta del Cristiano Ronaldo, en vez de los coches tuneaos, el tenis femenino y el strip-poker femenino? Los mataría del disgusto.

En fin, que no cunda el pánico. ¿Qué es lo peor que puede pasar, que a partir de ahora le haga circulitos a los puntos de las íes? ¿Que por falta de costumbre entre en el servicio de los tíos y me ponga a mear de pie?

Después de un cóctel de saldeva, nolotil, neobrufen y gelocatil me sentí mejor; de hecho, empecé a ver maripositas, lucecitas de colores, duendecillos verdes… ¡Qué divertido!

Hubo de pasar el efecto de las drogas para que empezara a aceptar mi nueva condición. A mis padres y hermanos no pareció chocarles la noticia. Mi hermano mayor se había convertido en gilipollas mucho antes, y mi padre en calzonazos. Mi transformación, al parecer, no era tan grave.

Antes de irme a la cama estuve un rato acostumbrándome a mi nuevo chasis. En el baño, desnuda por completo, busqué lo que tenía entendido que tienen las mujeres, un botón de encendido y apagado, pero no lo encontré. Lo que encontré fue otro tipo de botón… Tú ya me entiendes. Mi hermana, muy emocionada por tener por fin una hermanita a la que enseñar a pintarse la boca, me prestó algunas de sus bragas y se vino de tiendas conmigo al día siguiente… La locura total tiene nombre: Berska y Mango y Zara y H&M y… pero esa es otra historia. Aquella noche dormí por primera vez en mi vida con una tía. Pero no ocurrió nada. Yo no lo permití.

No sé por qué, me pasé unos días llorando por nada, por cualquier tontería, y también por cualquier tontería me cabreaba. Luego se me pasó el dolor, y aunque lo pasé fatal cuando se me partió una uña, reconozco que empecé a sentirme a gusto en mi nuevo cuerpo. Noté que me empezaba a interesar por los bolsos, por los zapatos y por los complementos. Con el tiempo descubrí que, a diferencia de cuando era hombre, podía hacer varias cosas a la vez: por ejemplo: hablar por el móvil con una amiga sobre la conveniencia o no de ponernos extensiones mientras miraba zapatos en las rebajas y me rizaba las pestañas en el espejito. Era genial estar por encima de la mitad de los mortales. Encima mejoré mi vocabulario, y empecé a decir mucho “qué mono”, “monísimo” y “supermono”, y daba grititos por nada y por todo.

También me entró una especie de locura que al principio yo no comprendía por un chaval, un tal Justin Beaver. Mágicamente mis carpetas de clase y las paredes de mi habitación aparecieron empapeladas con el Justin. Era tan mono… y yo era tan tonta. Un día supe por la “Super Pop” que Justin vendría al pueblo a cantar y, claro, me puse monísima y me fui a verlo a su hotel. Pero cuando Justin iba a salir me desmayé de los nervios. Cuando desperté ya había tocado y todo y se había ido. Para pasar el mal rato me fui de tiendas con mis primas, a las que antes espiaba cuando se hacían la cera, y con las que ahora me quedo en tetas en el probador. ¡Me compré una minifalda monísima!

Pasó el tiempo: mis amigos ahora me comían con los ojos, pero no me entraban, porque se acordaban a lo mejor de cuando nos medíamos las pichas detrás de la pista de baloncesto a ver quién la tenía más larga… ¿Y qué culpa tenía yo de estar tan bien dotado… para la longitud? ¡Ay!, pero un día uno de bachillerato me pidió salir. Y yo, que sí. Me llevó al chino, dijo que le gustaban mis ojos y me rozó una teta, no me acuerdo si en este orden. Yo quise ser sincera con él y le conté que antes yo tenía rabito… ¡Era tan supermono! Al día siguiente le pusieron falta en el insti.

Luego he salido con más niños: me van los chulitos, los malotes, los que saben escupir por el colmillo, con tatuajes farrucos y musculillos de gimnasio hinchándoles la camiseta. ¡Qué monos! Y si tienen moto, ay, se me hacen chicle las gomillas de las bragas… En fin, como tía todavía estoy aprendiendo. Aunque a veces me olvido de quién fui, de cómo me pasaba todo el día con el manubrio en la mano, tratando de hacerle la competencia a la central lechera asturiana… Pero enseguida suena el despertador y de vuelta al mundo real: me paso una hora antes de ir al instituto, tratando de elegir la ropa que me pongo… Y no me decido… ¡Jo, qué lata!

 

 

INSTRUCCIONES PARA

DAR UN BESO:

Dos son los requisitos previos para la ejecución del beso, a saber:

Lo primero que hay que hacer es tener una boca con dos labios, preferentemente, uno arriba y otro abajo, equidistantes y opuestos. (Fig.1) En caso de carecer de cualquiera de estas piezas el resultado podría resultar defectuoso. La lengua (Fig.2) es un órgano que puede resultar beneficioso para la realización del beso. Aunque no es estrictamente necesario, sí es aconsejable su utilización.

Lo segundo a tener en cuenta, y de vital importancia (según recomendaciones del fabricante) es tener a mano a alguien que disponga, mismamente, de boca y/o labios, y que se preste desinteresada o interesadamente al beso, llamado también por lo común “muerdo”, “filete” o “pico”. (Fig.3)

Una vez en disposición de ambos requisitos, el usuario podrá pasar directamente al beso propiamente dicho.

FASE 1

Para dar el beso se debe acercar la Boca nº 1 a la Boca nº 2 (Fig.4). El acercamiento debe ser progresivo. (Para otros tipos de acercamiento ver www.tecomotolaboca.com) A medida que la Boca nº 1 y la Boca nº 2 se aproximan, los respectivos labios deben entreabrirse. (Fig. 5). Acto seguido se hará contactar los labios de la Boca nº 1 con los labios de la Boca nº 2. (Fig. 6). En ese momento se habrá producido el beso en sí. En el caso de que la unión de la Boca nº 1 y la Boca nº 2 no se consiga, repetir el movimiento siguiendo los pasos expuestos a partir de la Fig.4. Recuerde que la antesala del éxito es la experiencia. Usted tendrá que repetir esta operación tantas veces como sea necesaria hasta obtener los resultados esperados.

FASE 2

Si usted está leyendo esto, enhorabuena, a superado la primera fase, y se haya en la segunda fase. A continuación se restregarán ambos pares de labios o sendas bocas. Este gesto deberá repetirse varias veces para que el beso alcance el efecto requerido. (Fig. 7). En ese momento, si usted ha decidido emplear la lengua, deberá integrarla de formal natural en la cavidad bucal correspondiente. (Fig. 8). Una vez dentro, la Lengua nº 1 ejecutará movimientos rotatorios en torno a la Lengua nº 2, bien rápidos y circulares, bien pausados y rectilíneos; centrífugos o centrípetos, según las inclinaciones religiosas de los usuarios. (Para más información ver “Instrucciones para usar la lengua durante el beso”).

Si usted sigue al pie de la letra estas instrucciones para besar, se convertirá de la noche a la mañana en un perfecto besador/a y despertará las envidias de los que le rodean. En caso contrario, es que le hemos mentido.

–          No se admiten devoluciones.

–          Estas instrucciones caducan en 0, 2.

–          No dejar al alcance de los abuelitos.

–          Puede provocar mononucleosis y alteraciones de tamaño y humedad en las zonas bajas.

–          Ante cualquier duda acuda a su tío soltero y vivalavirgen más cercano.

CARTIER-BRESSON: DOS INSTANTES DECISIVOS

 

DESNUDEZ

Es verano. Hace sol. La playa. ¿África? Tres figuras oscuras, tres hombres jóvenes, a caso adolescentes, corren hacia las olas, hacia el mar. Están de espaldas, congelados en un infinitesimal momento del pasado. El instante ha dejado quietas las tres figuras, oscuras como el ébano. Pero no es una quietud dócil, o mamarracha. Hay movimiento: hay vida. La carne oscura es veloz, se agita, vibra con el aire que las envuelve. Esa zona de sombra se perfila sobre el fondo blanco de las olas que rompen. La fuerza del mar, tan salvaje, casi masculina, contrasta en su enjambre de espuma con las formas humanas descalzas y desnudas; siluetas juveniles, y por ello todavía, quizás, femeninas: los músculos todavía rezagados dentro de la piel, acechando entre la corriente de la sangre al hombre viril que serán (ya han sido) los tres adolescentes. Que corren hacia ese océano indómito, feroz, constante. Que buscan sumergirse en la profundidad de unas aguas que nunca son dos veces las mismas. Negro sobre blanco, (como una mística escritura invisible) y una grisácea arena. El mar, como un cielo horizontal, lúbrico, acostumbrado a bañar ánforas y cuerpos. Y la tierra, donde los hombres han sembrado semillas y sus huesos, y donde a veces, como ahora, una huella queda impresa, para quedar borrada y desaparecer, en la próxima ola. La luz, ese martillazo breve, golpea los culos de los bañistas con un brillo de metal, arranca a los zarcillos de espuma un rumor acuático, y a las risas intangibles de los muchachos un afán de infancia. ¡África! ¡Adolescencia! Vida: correr hacia delante; no mirar atrás.

DINERO

Carne y piedra; arquitectura y codicia. Una ciudad; ciudadanos: los ciudadanos son los que llevan el pantalón. Unos son hormiguitas; y también hay, como en toda buena jungla, un voraz león. La ciudad, un telón de fondo en algunas representaciones de la comedia humana, contextualiza al hombre, le confiere estatura (demuestra lo pequeños que somos comparados con nuestras obras), y a veces recalifica tierras baldías en el corazón de algunos hombres, endureciendo una dureza aprendida desde la cuna, nuestra fragua. La gran ciudad: esos rascacielos, esas columnas que copian algún lejano esplendor, hacen que piense en Nueva York. Y ese tipo con pinta de machote, tan ufano, trajeado hasta el fondo, viene de pegarse un buen atracón. La chaqueta le tira de la sisa: no pasa hambre. Le falta el puro… Espera, no: es lo que está buscando tan señorialmente en el bolsillo. Pero que tenga cuidado, porque a lo mejor encuentra su propia autopsia: el bolsillo parece profundo como una tumba. Está muy satisfecho de sí mismo, de cómo le van los negocios, de cómo suben sus acciones en bolsa, de lo putas que son las putas que se tira, de lo barata que es la comida que come: carne para la carne, fábrica de dólares y de estiércol; está encantado de conocerse, de tener un sastre tan cojonudo: le corta el traje a medida, ¡los papes son italianos! Este es un señor adinerado, un buen capitalista al que los botones de los hoteles le dan los buenos días inclinando la cabeza hasta que la frente les llega al suelo. No necesita hablar: sólo sabe dar órdenes. Es un hombre práctico, un hombre que empezó desde abajo, y se hizo así mismo, sin importarle demasiado a quién pisoteaba en su ascenso hacia la cumbre. Ahora, ahí arriba está solo. Él es un rascacielos que en su lucha con el aire ha obtenido la victoria, pero que en su duelo con la muerte lleva las de perder. Dinero.

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